Patricia Ratto. HIJOS DEL PODER (esto no es un poema)


Yo no veo
vos no ves
él y ella tampoco,
pero, en Tandil,
los hijos del poder
hacen fiestas
y se toman sus licencias
para cosas que
nosotros, los comunes,
no podemos
ni queremos.
En Tandil, los hijos del poder
hacen estallar, en sus fiestas,
por fuera de las normas,
fuegos de artificio.
Impunemente, hacen estallar
-porque se les da la gana
a los hijos del poder-
hasta que sangran
los oídos
de los terneros
(no es una metáfora
lo que estoy diciendo:
es, literalmente, sangre
saliendo de las orejas
de las pobres bestias).
Las otras bestias,
las que de ninguna manera son pobres,
ríen, ante el espectáculo,
con sus risas torcidas
de poderosos.
Estruendos, luminarias, sangre
que nosotros no vimos
pero alguien vio.
Y después contó:
En Tandil, los hijos del poder
castigan perros
en sus fiestas oscuras,
aprietan con sus manos
los brazos de las muchachas
que dicen que no
e intentan conducirlas
a la fuerza
a donde las muchachas,
de nuevo diciendo no,
gritando no,
no quieren ir.
En Tandil, los hijos del poder
cuentan con avidez
el dinero ganado
con la gran venta de entradas
de sus fiestas torcidas.
Tamaño espectáculo
los complace hasta el éxtasis
y les estampa en el rostro
ese rictus de risa.
Insultan, descaradamente,
a los oficiales de justicia
que levantan las actas
de lo que, a todas luces,
se ve turbio y no está bien.
“No se molesten que
acá no va a pasar nada”,
gritan, entre risotadas,
los hijos del poder.
Mientras tanto, en Tandil,
la maldita costumbre
de mirar hacia otro lado
se apoltrona, con parsimonia,
en sillones confortables:
¿Viste qué pintadito
está el castillo Morisco?
¿Viste qué lindos
los dinosaurios de chapa,
las flores de chapa,
que pusieron?
¿Y la piedra de cartón que casi
casi parece real?
¿Por qué no recordar
-también, de paso-
que hemos logrado
el inefable récord
de tener el salame
más largo del mundo?
Los hijos del poder ya van
a pagar las multas,
tan malos muchachos no son
después de todo,
locura de juventud…
Y algo habrán hecho,
por su parte,
esas chicas,
esos terneros,
esos perros,
esos inspectores.
En Tandil, hay miedo
y silencio
y gorriones al pie de los eucaliptos
como papelitos oscuros abollados.
¿No habrá llegado el momento
-me pregunto,
casi con desesperación-
de abrir los ojos?
Yo los abrí
y veo:
los moretones en el brazo
de la muchacha
que cuenta y llora,
el lomo llagado del perro,
la sangre, ahora seca,
en el pelaje tibio
de las orejas de los terneros.
Yo veo, con miedo,
no lo voy a negar,
¡si sólo tengo,
para enfrentar todo esto,
un puñado de palabras!
Pero, así y todo, veo.
¿Y vos? ¿Vos ves?
Mientras escribo
alguien, presurosamente,
barre los pájaros muertos
y los mete en una bolsa
negra de consorcio.
Como dije al comienzo
esto no es un poema
y, ahora, sin temor
a equivocarme, agrego:
ESTO ES UN DOLOR.

Fernando Vallejo, De "El desbarrancadero"

"Yo por mi parte la quería a ella más
que a nadie, con un amor ilimitado. Si ella
no me correspondía en la misma medida,
qué importa, qué carajos, el amor es
así: desbalanceado, desajustado,
desequilibrado, cojo".

Carlos Luna Escudero. "NOS ESTAMOS VOLVIENDO MÁS TONTOS"

Mira alrededor. La gente ya no se banca un texto largo. Ni un silencio. Ni una idea que dure más de treinta segundos. Las personas del 65 todavía leían un libro entero. Las del 85 todavía pensaban sin pantalla. Los del 2005 todavía dudaban.
Los del 2015 ya pedían el resumen. Las gentes del 26 alcanzan con el título y un emoji. El cerebro se va achicando y casi nadie lo registra como pérdida. ¡Una locura!
Durante casi todo el siglo XX el coeficiente intelectual subió generación tras generación. Se llamó efecto Flynn. James Flynn lo midió con datos. Pero desde los años noventa la curva se dio vuelta. Estudios en Noruega, Dinamarca, Finlandia, Reino Unido y Estados Unidos muestran lo mismo, el CI promedio baja. Un trabajo noruego de 2018 con más de 730 mil jóvenes detectó una caída de casi siete puntos por generación desde los nacidos en 1975. Y no es genética. Es ambiente. Y el ambiente digital es el principal sospechoso.
Nicholas Carr lo dijo en Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2011). Internet no solo nos da información. Nos cambia el cerebro. La lectura profunda, la concentración y el pensamiento lineal se debilitan. El cerebro se entrena para saltar de estímulo a estímulo.
Lo que se usa se fortalece. Lo que se deja de usar se atrofia.
Michel Desmurget, neurocientífico francés, fue todavía más claro. En La fábrica de cretinos digitales (2019) afirmó que los chicos de hoy son la primera generación con un cociente intelectual más bajo que el de sus padres. No por los genes. Por las horas diarias frente a pantallas. Siete horas en promedio en muchos adolescentes. Eso no es ocio. Es entrenamiento para no soportar el silencio ni una idea que dure más de media minuto.
La estupidez avanzada no duele. Ese es el problema. Si doliera, la gente huiría. Pero se siente bien. Se siente práctica. Se siente incluso como inteligencia. El que ya no puede leer un texto de siete minutos no piensa “perdí capacidad de concentración”. Piensa “esto es demasiado largo, ¿por qué no lo resumen?”. La pérdida se disfraza de exigencia legítima.
Pino Aprile, en su libro Nuevo elogio del imbécil, va más lejos. Dice que la inteligencia está dejando de ser necesaria. Construimos un mundo que funciona a prueba de tontos. Cuanto más fácil se hace todo, menos se necesita pensar. Y cuando menos se necesita pensar, menos se piensa. Y la inteligencia, como cualquier característica que deja de dar ventaja, empieza a extinguirse.
Nietzsche habló del último hombre hace más de cien años. Esa criatura que ya no quiere sufrir por ninguna idea, que convierte su propia limitación en virtud y que parpadea satisfecho. Hoy ese último hombre tiene teléfono, redes y la certeza de que está informado. Revisa la pantalla 150 veces al día y cree que piensa. En realidad entrena al cerebro para no tolerar nada que exija esfuerzo.
El rebaño no premia al que sabe más. Premia al que se parece más a los demás. La opinión más repetida se siente como la más cierta. Estar de acuerdo se siente seguro. Estar en desacuerdo se siente peligroso. El resentimiento completa el círculo, el que no puede profundizar declara que la profundidad es arrogancia. El que no lee declara que leer es pérdida de tiempo. La incapacidad se disfraza de superioridad moral.
Hay una diferencia brutal entre dos personas que desde afuera parecen iguales. Una sabe que no sabe. La otra cree que sabe. La primera tiene abierto el camino del aprendizaje. La segunda lo tiene cerrado. Cualquier dato que la contradiga no lo recibe como información. Lo recibe como ataque.
El cerebro del 65 todavía se bancaba la complejidad. El del 26 prefiere no pensar. Y cada uno está convencido de que el suyo es el más lúcido.
La degradación no es una maldición abstracta. Es una dirección. Y se acelera cada vez que elegimos el resumen, del algoritmo y de la reacción rápida por sobre el esfuerzo de entender. El espejo está ahí. La pregunta es si alguien todavía se anima a mirarlo.

Mario Benedetti, La culpa es de uno

"Hasta aquí había hecho y rehecho mis trayectos contigo
hasta aquí había apostado a inventar la verdad
pero vos encontraste la manera, una manera tierna
y a la vez implacable de desahuciar mi amor.
Con un sólo pronóstico lo quitaste de los suburbios de tu vida posible, lo envolviste en nostalgias lo cargaste por cuadras y cuadras y despacito sin que el aire nocturno lo advirtiera
ahí nomas lo dejaste a solas con su suerte, que no es mucha.
Creo que tenes razón, la culpa es de uno cuando no enamora
y no de los pretextos ni del tiempo".

Clarice Lispector, Es allí a donde voy


 "Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien me dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto".


STEPHEN KING


 

Eva González Mariscal

La de la foto soy yo. Y sí: llevo años como voluntaria de Cruz Roja.
Hace unos días pedí volver a activarme en el equipo de emergencias. Hoy he visto a un grupo de personas intentar impedir que Cruz Roja llevara comida a seres humanos que sobreviven en una playa de Ceuta.
Voluntarios amenazados por repartir alimentos.
Pensadlo un segundo:
amenazados por dar de comer.
Una emergencia no siempre es un incendio o una inundación. A veces, la emergencia es que el odio haya avanzado tanto que ayudar a alguien necesite protección policial.
En Cruz Roja no preguntamos de dónde vienes, qué papeles tienes ni a quién votas. Ayudamos a personas porque son personas.
Por eso quiero volver.
Porque cuando algunos levantan muros, otros tenemos que tender la mano.
La de la foto soy yo.
Y sé perfectamente de qué lado estoy.
Frente al odio, humanidad.

ESTOY APRENDIENDO A...

 

Estoy aprendiendo a ser mejor persona,
más completo, más radical, más decidido,
porque mi ideal es decir las cosas a la cara,
porque si señalo a alguien ¿será por algo?
y alzo mi mano y para decir que he sido yo
el del dedo acusador,
porque si te echo de menos lo diré a voz en grito,
porque si te quiero lo escribiré con la sangre de mis propias
venas,
porque el aire y el viento me hacen sonreír,
y porque la lluvia enternece mi vieja piel de pergamino.
Hay tantas razones para ser distinto,
hay tantas diferencias entre un mundo y el otro,
que yo levanto mi pulgar para decir que sí,
que estoy contento,
que es verdad que quiero más de lo que tengo,
que amo todo lo que me rodea,
y que soy una pieza más dentro de ésta hemeroteca
en la que ahora estoy viviendo.

¿MUNDO?

Y resulta que en éste mundo que nos hemos montado, ya no cabemos todos. Bueno cabemos, pero como el mundo está lleno de putos listillos que se lo quieren correr todo o que se quieren ascender todos los picos de la tierra y llegar a los 8 miles y a los 7 miles y para acabar en los 2 miles y porque ya no van quedando objetivos que puedan aumentar sus egos de forma espectacular. El Kilimanjaro todo lleno de tiendas de campaña. El Everest que parece una peregrinación a la meca o por el mismo Camino de Santiago. El mundo es una mierda que se está llenando de más mierda y mira que en sus principios, era preciosa y bonita. Todos queremos ser más y mucho más y porque el viajar ya no es viajar en plan romántico y disfrutando de la intimidad de cada lugar y sitio.
Hoy en día se viaja en manada y todos haciendo lo mismo, haciendo selfis para que los demás vean donde coño estás. No importa lo que tengas delante y que esa vista resulte ser espectacular, porque lo que realmente importa es que tú has estado allí donde ya quisieran algunos otros estar. No importa el hecho de lo que tienes delante y porque lo que importa es que tienes que ir a joder el precioso paisaje que tienes detrás de la foto con el puto careto que tienes de imbécil. Por tanto, el Yo manda por encima de todo. Un mundo lleno de Yos egoístas que lo quieren todo para ellos y todo lo demás es secundario. Y todo y absolutamente todo, sólo sirve de telón de fondo para sus putos selfis de mierda echos con su aifon de última generación.
Pero bueno, te vas por el río Orinoco y pasa lo mismo. Y te vas al Vietnam y más de lo mismo y te vas a la mierda y allí te los encontrarás a todos haciéndose selfis. El mundo se hace pequeño ante ese espíritu tan viajero y al que le encanta desplazarse en masa. Y ¿adonde va Vicente?...adonde le lleve la corriente de masas que funciona como inmensos bloques de hielo que a su vez serán desplazados, por las corrientes marinas y que a su vez, mueven el globo terráqueo. Y detrás de un guiri hay otro guiri y detrás de éste hay miles y millones de guiris haciéndose fotos y selfis. Siempre hemos pensado que la Tierra sería invadida por extraterrestres y nos habíamos equivocado, pues esos extraterrestres somos nosotros mismos que vamos invadiendo los mejores paisajes y como una máquina de guerra destructora, los vamos convirtiendo en sitios desencantados y deslustrados. Es decir, le chupamos la savia y los dejamos tiesos.
¿Qué exagero?. Y un huevo. Y casi no queda sitio en el mundo donde en el mes de agosto, no esté invadido por las hordas guiris. Son ejércitos invasivos y destructivos, que como todo lo que funciona en masa no se atiene a razones. Y los primeros serán empujados por los segundos y los segundos por los terceros y el penúltimo de la fila, por el último que ha llegado. Y así se mueve esa masa amorfa y sin forma, masa que no tiene cabeza, que no tiene principios y porque sólo tiene un objetivo, salir él o ella en sus putos selfis de mierda. Sin darnos cuenta de ello, hemos criado al monstruo dentro de nuestras propias entrañas y ahora el monstruo sólo quiere devorar selfis y a costa de la destrucción total de todo lo que se menea y de lo que apenas se respira.

¿SOMOS HUMANOS?

Voy comprobando, que con el paso del tiempo, me estoy volviendo más tibio y más prudente y más complaciente y creo que también, más estúpido. No existen los todos y si existen los algos que a su vez si se suman, te hacen ser un poco más de un lado que del otro. Pero de aquél todo y un todo tan absolutista queda muy poco, por no decir, que no queda nada. Y de nuevo, el todo y la nada y sino va quedando el todo, tampoco va quedando la nada. Yo flutúo como las mareas vivas o no tan vivas, estoy en ese continuo sube y baja que tiene la vida y ahí no me quedo quieto. Nunca he podido quedarme quieto. Es decir asciendo, ahí me mantengo un tiempo y después empiezo a bajar y ahí abajo me quedo otro rato. Por tanto la mayor parte del tiempo estoy en estado de transición hacia algún lugar y sitio y claro que toco los extremos e incluso podía decir, que les he cogido un especial cariño. Pero los extremos, de tan intensos que son y de tanta pasión que requieren te cansan y te agotan y por eso es fundamental saber salir de ellos a tiempo. Antes, no lo conseguía siempre, es más muchas veces no lo conseguía y por eso hubo años en mi vida que acabaron siendo extremos, patéticos de tan alejado que vivía, pobres en producción de ideas y pensamientos, excesivamente dependientes del clima que hacía, débiles y frágiles por su débil estructura y obsesivos con la idea de escapar o de huir de ese agujero negro y al mismo tiempo, demasiado livianos y al menor soplo de viento, me rompía en mil pedazos. De aquellos polvos estos lodos, que diría el otro.

Pero ser frágil, al final y si sobrevives a ello, te hace ser más fuerte que nunca. Pero yo no presumo de ser fuerte, porque no lo soy y en cambio, presumo de haber pasado por todas o por muchas situaciones malas o peores y de seguir vivo y con una ganas de vivir que ya quisieran muchos. Yo ahora, todo lo veo más templado, menos pasional y menos ardiente, más tranquilo y ya no voy de infarto.

Lo único que me queda de todo ello, es una parte de mi instinto más asesino. Es el primer instinto que te sale (es el instinto más primario y visceral), ese que te hace palpitar como un caballo desbocado, que te hace petar la yugular como un corazón palpitante, ese que te inunda los ojos de sangre fresca y que si no matas es porque te frenas y porque realmente... estás en contra de matar y de sufrir y de torturar y porque al fin y al cabo, al final (y menos mal), siempre gana o casi siempre gana el pensamiento más humanista y ese pensamiento, es plácido, prudente, amable, sosegado y sopesado. Y somos humanos (aunque muchas veces lo dudemos y por un millón de razones todas muy lógicas), pero la tendencia debe ser inclinarse del lado más humano posible. Y en esas... estoy yo ahora y con mucha paciencia y buena letra, seguro que seguiré adelante.

CRISTINA PERI ROSSI


 

ADORO EL OTOÑO

Hoy es Sábado y todo el día. Y hoy es Sábado 14 de Septiembre y va a ser mi primer día de reingreso en el trabajo después de 14 días de vaca...