No voy a callarme.
He pasado unos días de vacaciones con mi hija Noora. Días para disfrutar, desconectar, pensar y coger aire.
Al volver a casa he podido leer algunos de vuestros comentarios en mis posts.
Y a quienes vienen a mi muro a despotricar, a insultar, a decir barbaridades o simplemente a intentar que me canse de compartir mis pequeñas reflexiones, solo quiero decirles una cosa:
No me conocéis...
Si pensáis que unos cuantos improperios van a conseguir que deje de escribir, vais a tener que esperar sentados.
Estos días hay muchas noticias sobre las que podríamos hablar, pero hay una que me ha producido especialmente tristeza y preocupación: los últimos resultados del Informe PISA, publicados por la OCDE en septiembre de 2026.
Y los datos son demoledores.
España ha obtenido sus peores resultados históricos en PISA: 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. Desde la anterior evaluación de 2022 hemos perdido 23 puntos en lectura, 16 en matemáticas y 8 en ciencias.
No estamos hablando de fútbol. No hablamos de banderas, de escaños ni de quién gana el próximo debate televisivo. Estamos hablando del futuro de nuestros hijos.
Y ante semejante fracaso, ¿quién asume responsabilidades?
Durante más de cuatro décadas, PP y PSOE se han alternado en el Gobierno de España. Con acuerdos, apoyos o cesiones a diferentes fuerzas políticas, incluidas los nacionalistas, para cambiar nuestro sistema educativo nueve veces en 40 años...Algo inaudito.
Y nosotros tampoco podemos mirar hacia otro lado: también los hemos votado.
Gobiernos de un color y de otro han utilizado demasiadas veces la educación como terreno de batalla ideológica. Mientras discutían, reformaban y contrarreformaban, nuestros hijos seguían entrando cada mañana en las aulas. Y ahora llegan los resultados.
No podemos normalizar el fracaso.
Por eso, hoy quiero contestar por primera vez a algunos de los improperios que dejáis en mi muro.
No dejaré de gritar que representáis, en demasiadas ocasiones, la guinda de la estulticia.
No dejaré de denunciar las injusticias que algunos defendéis, por mucho ruido que hagáis.
Y la izquierda tampoco debe amedrentarse.
Tenemos que dejar de actuar como si la extrema derecha representara a una mayoría social incontestable.
No. No sois mayoria. Ni sois invencibles.
Por mas que ensuciais, en nuestros pueblos, barrios y ciudades hay mucha más bondad, solidaridad y humanidad que odio.
No dejaré de denunciar los discursos supremacistas, vengan de donde vengan y se envuelvan en la bandera que se envuelvan.
Porque antes que españoles, catalanes, vascos, andaluces, musulmanes, cristianos, ateos, blancos o negros, somos personas.
No dejaré de decir a los cuatro vientos que la ignorancia, la indiferencia y el pasotismo son el mejor oxígeno para quienes viven de enfrentar a la sociedad. Y por ello las urnas están a veces alejadas de la realidad.
Porque cuando la gente deja de informarse, otros piensan por ella.
Cuando dejamos de leer, otros escriben nuestro relato.
Cuando dejamos de votar, otros deciden nuestro futuro.
Por eso debemos leer. Informarnos. Contrastar. Escuchar. Y, sobre todo, analizar los programas políticos y preguntarnos una cosa muy sencilla:
¿A quién benefician realmente sus decisiones?
No dejaré tampoco de señalar cómo una parte del poder político y mediático ha contribuido a normalizar determinados discursos de la extrema derecha de VOX o Aliança Catalana.
Como tampoco aceptaré sin más que se presente al PP como si todas sus políticas fueran simplemente liberales y de centro, o al PSOE como si representar unas siglas bastara automáticamente para ser de izquierdas.
Las siglas no definen una política. Los hechos sí.
Y cuando gobiernan, sus decisiones muchas veces los retratan.
No dejaré tampoco de señalar las coincidencias que encuentro entre PP, Vox, Junts y PNV cuando se trata de determinadas políticas económicas o de defender sus propios intereses.
Sé que esto puede molestar incluso a algunos amigos catalanes y vascos.
Una bandera no se convierte automáticamente en política progresista.
El nacionalismo es en su ecencia profundamente conservador.
Y por mucho que un político sonría, hable nuestra lengua, agite nuestra bandera o nos resulte simpático, debemos preguntarnos siempre lo mismo:
¿A quién está defendiendo realmente?
Así que podéis ahorraros el esfuerzo de intentar cansarme.
Seguiré escribiendo.
Seguiré equivocándome.
Seguiré rectificando cuando sea necesario.
Seguiré leyendo.
Seguiré aprendiendo.
Y seguiré diciendo lo que pienso.
Con los años he aprendido a saltar obstáculos y a hacer algún que otro quiebro. Y, sobre todo, he aprendido algo mucho más importante: cada día sé un poco más de todo lo que todavía me queda por aprender.
Si no os gustan mis escritos, la solución es muy sencilla:
No los leáis. Nadie os obliga.
Pero no vengáis a mi muro a insultar ni a hacer proselitismo pensando que vais a imponer vuestra verdad a gritos.
Podemos discrepar.
Podemos discutir.
Podemos incluso estar en las antípodas ideológicas.
Pero el respeto debe ser la frontera.
Mi padre me enseñó hace muchos años una máxima muy sencilla que intento no olvidar:
«Lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás».
Yo seguiré mi camino. Vosotros sois libres de seguir el vuestro.
Pero no esperéis que me calle.
Porque todavía quedan demasiadas cosas por decir...