He dejado pasar unos días antes de compartir mis impresiones sobre la Odisea de Nolan, porque tengo sentimientos encontrados. Descubrí el poema en la voz de mi padre a la orilla de mi cama, durante una sucesión de noches maravilladas: un ritual infantil. Por eso, como los niños que no aceptan ni un minúsculo cambio de sus cuentos amados, en la película añoro a Nausícaa y Areté, a los lotófagos, la argucia del nombre “Nadie”, el encuentro con la madre y con Aquiles en el Hades, la cama tallada en la rama de olivo, a los dioses —más allá de esa Atenea que parece encarnar la conciencia de Odiseo—. Diría que extraño incluso al Odiseo aventurero, curioso, seductor, audaz, arrogante, mentiroso, elocuente e imperfecto en todos sus claroscuros: el gran narrador de historias (me sorprende que el guion no se pregunte por nuestra necesidad de crear mitos). Elige concentrarse en el veterano traumatizado por la guerra, y esa decisión oscurece la película, la tiñe de culpa y oscuras premoniciones, más cercana a las tragedias que a la épica homérica, con una atmósfera que me evoca más la Orestíada que la Odisea.
IRENE VALLEJO. Impresiones sobre la película "La Odisea"
Visualmente la película es apabullante y nos regala planos maravillosos, dejando de lado anacronismos y polémicas. Quien adapta un clásico tiene derecho a recrearlo y apropiárselo, incluso el deber de reescribir la leyenda. Nolan continúa la estela del atormentado Oppenheimer, y le reconozco el gran mérito de dialogar con los dilemas de hoy. Creará tal vez nuevos lectores de Homero: así se revitalizan los mitos. El énfasis en la ley de Zeus, la hospitalidad hacia los extranjeros, nos apela. La secuencia de episodios, desde el caballo de Troya a la matanza de los pretendientes, revela cómo faltar a esa sagrada ley de acogida rompe los equilibrios de lo humano. Y la frase que Odiseo dice a Penélope —«vivíamos en un mundo de palacios y comercio, de palabras, ciegos a su belleza, hasta que lo destruimos»—, no solo representa un giro de extraordinaria inteligencia en la trama, también parece un comentario (o un epitafio) a nuestro tiempo. Ese broche nos advierte que los bárbaros podemos ser nosotros, al desencadenar por codicia devastadoras guerras, en las que hasta los vencedores se dejan el alma y aniquilan sus Ítacas.
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