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 La lectura con caricias se asimila mejor...




GUSTAVE FLAUBERT

 

"El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente".

EL REY EMÉRITO (Neorrabioso)

 

 

Que el rey emérito se llevara comisiones monstruosas (de hasta 80 millones de euros, según Corina, por el AVE a la Meca, o entre uno y dos dólares por cada barril de petróleo saudí vendido a España), algunos lo justifican por sus grandes dotes mediadoras, pero... ¿tiene don Juan Carlos de Borbón dotes de esas? ¿Y cómo es, entonces, que todas las entrevistas de su vida las ha concedido con preguntas pactadas en La Zarzuela, al contrario de las que ofrecen los miembros de la monarquía británica? Cómo será de limitado en ese sentido, que el periodista Javier Ortiz (AQUÍ) solía contar esta anécdota:

Siempre me acordaré de aquella ocasión, allá por los años 60, en que, siendo todavía Príncipe de España y encargado de la inauguración de una carretera, sacó del bolsillo un papel y leyó: «Queda inaugurada esta carretera».

LÍQUIDOS Y SÓLIDOS (Juan José Millás)

 


 Escucho por la radio que las urgencias de los hospitales, en Madrid, están llenas de gente que se ha roto un brazo, una pierna o una cadera por culpa de las placas de hielo. A las placas de hielo, como al mal fario, no se las ve venir, son transparentes. Cuando te quieres dar cuenta, ya has perdido pie.

El hielo.
¿Recuerdan ustedes el comienzo de Cien años de soledad?: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar el día en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Esa primera frase del artefacto literario de García Márquez me llegó al alma porque también a mí el hielo, cuando lo conocí, me pareció extraño. Lo fabricábamos mis hermanos y yo, dejando en el alfeizar de la ventana, por la noche, un vaso de agua que al día siguiente aparecía helado. Aquella conversión del líquido en sólido, recién llegado de un clima como el de Valencia al de Madrid, nos fascinaba. Sobra decir que aún no había neveras eléctricas y que la industria del hielo florecía. En mi barrio levantaron una fábrica frente a la que los niños, en pleno verano, permanecíamos mudos de admiración, pues de ella salían, tirados por caballos, carros llenos de barras de un metro que se distribuían por las viviendas de la zona, para refrescar el vino peleón y la gaseosa. Mi madre solía comprar un cuarto de barra los lunes, miércoles y viernes. Un día, en el interior de ese trozo de hielo percibimos una cosa oscura que no supimos identificar. Una vez derretido, resultó ser una rata. Muerta, claro.
Durante estos días de hielo y pandemia (de hielo y furia, podríamos decir), me han venido a la memoria muchas de aquellas imágenes de la infancia relacionadas con nuestras primeras aproximaciones al hielo. Está en todas partes la infancia, con su frío, con su humedad, con su desabastecimiento de frutas y verduras. La gente de mi edad sale a la calle a por leche y se rompe la crisma. También yo estoy tentado de ello, de romperme la crisma con la excusa de acercarme a la farmacia. Pero resisto la tentación y aquí sigo, atónito ante el milagro de la conversión de los líquidos en sólidos.

NO PUEDO DEJAR DE PENSAR EN TI

 


 No puedo dejar de pensar en ti,

aunque a veces puedo pensar en otras cosas,

puedo sentir un paisaje de la montaña,

ver como desciende un río,

notar como las olas me mecen y me adormecen,

y sentir como la luna me enternece.

Puedo sentir tantas cosas y todas al mismo tiempo,

que hasta a veces se me olvida

que por un momento

puedo dejar de pensar en ti.

¿PORQUÉ?


 Porque hay tanto don nadie con pretensiones,

que escriben poemas o cuatro letras

y al final dicen con toda su contundencia 

"derechos de autor reservados" 

y como si alguien le fuera a robar su poema de mierda.


¿DE QUÉ SIRVE?

 "¿De que sirve la rabia enlatada

y el alma alimentada de odio y resentimiento?"



CAPERUCITA EN MANHATTAN (Carmen Martín Gaite)

 


«Pero ¿a qué llaman vivir? Para mí vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald… Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse…»

HOY HACE CASI 2 AÑOS

 


                     Hoy es Miércoles y lo es todo el día, además de ser día 22 de Enero del año 2.020 y así entramos o casi en la última semana del mes de Enero. Y menos mal porque ando a dos velas y además, están todas tiesas. Siempre nos pasa lo mismo en éstas fechas maltrechas y suspirando porque llegue el mes de Febrero, que por cierto en su día 5 cumplo años y no voy a decir los que cumplo (pero en bajo y como un susurro que se lleva el viento, sí que os lo puedo decir y son 64 años del ala) y digo 64 años y se me caen los dientes al suelo y me veo envuelvo en pañales y cagado y meado por todos lados. La vejez es un tema muy duro, que lo que primero que requiere es que tú o yo, nos pongamos enfrente del espejo y que reconozcamos nuestra piel dura, arrugada y gastada, nuestras patas de gallo a modo de colgajos, nuestra caída de pelo, nuestras articulaciones destrozadas, nuestra porosidad en los huesos, nuestra falta de vista y de visión lejana y cercana, nuestros dolores sordos y de cada día, nuestro progresivo descontrol de esfínteres, etc...

Si somos capaces de vernos como en realidad somos, habremos dado un paso de gigante para asumir nuestra vejez galopante. Segundo, hay que mirarse en el espejo pero además hay que mantener el ojo crítico y por tanto hay que saber medir hasta donde uno puede llegar. Que no me vale y para nada que haya un viejo en la China que a sus 90 años ha subido 14 ochomiles o que haya otro de 95 años que aún es corredor de maratones y porque siempre hay y habrá excepciones, pero que no deben ser nuestro ejemplo en el día a día. Aclaremos una cosa previa, cada uno puede hacer lo que quiera con su vida, pero lo que no puede o no debe es predicar con la excepcionalidad de sus actos (poder puede, pero nosotros tenemos que saber pasar de semejantes tíos que van de héroes ejemplarizantes y tocacojones. Ojo crítico y discriminatorio, que se llama). Porque si no sus actos de putos héroes sin dientes, acabarán hundiéndote en la ciénaga del día a día. El otro subiendo ochomiles y con 20 años más que tú y tú al octavo escalón que subas ya estás pidiendo oxígeno y papas.

Yo lo siento muchísimo, pero lo tengo que decir claramente...mi héroe soy Yo y son mis músculos y huesos porosos y esponjosos y mis glándulas que ya están medio secas y mis dolores de viejo podrido y todo esto me completa como ser humano viejo que soy. Lo que tengo muy claro es que con mi mente de viejo que ha pasado por demasiadas cosas, no podría vivir en un cuerpo joven, pero en uno adulto y maduro, sí que podría. Es decir, quitaría el dolor de todas mis partes y el conjunto de incapacidades que me producen esos dolores. Me quedaría con la experiencia y la prudencia que tiene un ser maduro y por eso digo, que eso no es compatible con un cuerpo joven y por inexperto y por poco prudente. Adulto, yo me quedaría con mi estado adulto dentro de un cuerpo sin quejas ni reclamaciones. Yo hablo de un estado ideal y que como se ve, es muy diferente al estado ideal que la sociedad nos quiere vender y porque las reglas sociales que tenemos impuestas persiguen las excepciones como estados ideales de nuestro ser y ahí es donde entra el concepto de que siempre hay que ser joven y vigoroso para subir 14 ochomiles y dentro de un cuerpo deslavazado por el paso de los años.

Yo de mayor o sea, de más mayor que ahora, quiero seguir siendo poeta y escritor de cuatro pelos y médico pero no médico de viejos, ni de niños, ni de jóvenes y quiero ser médico de gente adulta y con dos dedos de frente y que de vez en cuando, tenga un punto muy loco. Y ¿qué como se mide eso?, ¿los dos dedos de frente?...pues al tío problema le pones tus dedos en la frente y miras hasta que dedo de tus manos llega su frente y entonces ya sabrás cuantos dedos tiene su frente. En realidad, me gustaría pasar mi vejez en una vieja casa con vistas al mar o a un precioso valle con un hermoso río por el medio...pero si eso no ocurre (que seguramente será así) tampoco voy a escribir en el libro de reclamaciones de la vida, porque para eso, digo yo, tenemos el poder de nuestra imaginación. En fin, que también pido estar de coco entero y ser igual de lúcido que ahora.

Y no puedo olvidarme de ese punto de locura que siempre debemos llevar con nosotros y de la intensidad y frecuencia de esa locura ya depende de cada uno. Yo tiendo a ser muy intenso en esto y por eso de vez en cuando me han perseguido y como si fuera un poseso, los ideólogos de la también llamada, vieja psiquiatría. ¿Qué si consiguieron algo?...pues no sé, aquí me veis y no me escondo ni de ellos ni de vosotros, ni de nadie.

¿Mi bandera?...¿ cuál fue y es mi bandera?

 

¿Mi bandera?...¿ cuál fue y es mi bandera?

Durante un tiempo mi bandera fue blanca como la nieve

creo que indicaba mi equilibrada paz interior...

Durante otra época fue negra,

creo que señalaba la negrura de mi alma más oscura...

Y tuve otros momentos sin bandera, sin patria,

que al parecer manifestaba

un inmenso vacío interior,

en que la nada era mi seña,

y como no pesaba nada...

el viento se la llevó.

Y ahora mi bandera es mi propia piel,

morena tiznada cuando le da el sol de cara,

blanca de escarcha en épocas de hibernación.

HISTORIA DE LA SOMBRA (Eduardo Galeano)

 


El primer sabor que recuerda fue una zanahoria.
El primer olor, un limón cortado por la mitad.
Recuerda que lloró cuando descubrió la distancia.
Y recuerda que una mañana ocurrió el descubrimiento de la sombra.
Aquella mañana, él vio lo que hasta entonces había mirado sin ver: pegada a sus pies, yacía la sombra, más larga que su cuerpo.
Caminó, corrió. A donde él iba, fuera donde fuera, la perseguidora sombra iba con él.
Quiso sacársela de encima. Quiso pisarla, patearla, golpearla; pero la sombra, más rápida que sus piernas y sus brazos, lo esquivaba siempre. Quiso saltar sobre ella; pero ella se adelantó. Volviéndose bruscamente, se la sacó de adelante; pero ella reapareció por detrás. Se pegó contra el tronco de un árbol, se acurrucó contra la pared, se metió detrás de la puerta. Donde él se perdía, la sombra lo encontraba.
Por fin, consiguió desprenderse. Pegó un brinco, se echó en la hamaca y se separó de la sombra.
Ella se quedó debajo de la red, esperándolo.
Después supo que las nubes, la noche y el mediodía suprimen a la sombra. Y supo que la sombra siempre vuelve, traída por el sol, como un anillo en busca del dedo o un abrigo viajando hacia el cuerpo.
Y se acostumbró.
Cuando él creció, con él creció su sombra. Y él tuvo miedo de quedarse sin ella.
Y pasó el tiempo. Y ahora, cuando se está achicando, al cabo de los días de su vida, tiene pena de morirse y dejarla sin él.

A. Muñoz Molina, "La dama y el unicornio"

"Los gatos y los unicornios son los dos animales más hermosos que haya inventado nunca la literatura. De los unicornios, tenues criatur...