LAS ESTADÍSTICAS ME DICEN QUE...


Las estadísticas me dicen que...
que yo sigo vivo,
que crezco, que me desarrollo,
que me reincorporo y me añado,
que sumo,
que no divido ni resto,
que no soy un cero a la izquierda,
que no estoy de paso,
que sirvo para mucho más que mucho,
que no soy un don nadie,
que escribo,
que me leen,
que lucho y algunos lo aprecian
y que sin embargo otros,
me ignoran pero sin cambios,
es decir,
siempre me ignoraron
antes del antes y después del después,
y por el medio, también...
Las estadísticas me dicen que...
que siga en mi lucha diaria,
que no desfallezca,
que me vista de EPI,
que me lo ponga,
que me lo quite,
que me lave las manos,
que me olvide de los besos y abrazos,
que las caricias son para otros,
que esto es muy duro...
Pero sobre todo tengo que decir que...
que todo pasa
que el sol sigue saliendo por el mismo sitio,
y que mañana te escribiré un correo,
que la esperanza siempre vuelve aunque se haya ido,
siempre deja un trocito de su alma,
una muestra de su ADN
que más adelante nos servirá
para levantar nuestra lastimada moral de sufridores...

LA PANDEMIA EN MI PEQUEÑO PUEBLO (jodidos tiempos, aquellos)


Es de observar el vacío general en todo lo que
me rodea,
el aire frío de abril...es más frío sin nadie,
el tibio y tímido sol de ésta tarde
es más tímido que nunca,
las nubes grises campan a sus anchas como buscando dueño,
un perro camina pensativo
quizás esté pensando...
¿qué le pasa a los humanos?,
¿porqué están encerrados en su casa a cal y canto?,
al mismo tiempo un hombre cambia de acera,
quizá busque un sitio figurado que permanezca abierto en su
cerebro,
un coche pasa despacio,
mucho ruido y pocas nueces (pienso yo),
es ruido de motor diesel
(ronco, grave y pausado)
y pasa con toda la pomposidad posible,
como si el conductor fuera degustando el paisaje desértico,
pero señor...
¡váyase para casa!
y deje de expandir al dichoso virus asesino,
claro que a 50 metros de donde estoy
(aclaro, que estoy en mi casa),
hay cola para el super
y hay cola para la farmacia
y allí se presentan todos los adictos del pueblo,
en fila india y a dos metros de distancia,
pero el problema que hay
es que casi siempre son los mismos
y uno compra una zanahoria
y para hacerse la sopa del día
y el otro, medio kilo de fruta
y así al día siguiente tienen asegurado tener que volver
y a por otra zanahoria
y a por otro medio kilo de fruta
y así todos los días
y ya que estamos
vamos a la farmacia
y así pido algo para el dolor de cabeza
y una crema para las cejas
y de paso... me peso
y yo añadiría
y así me peso los huevos o los ovarios,
pues hay que tenerlos grandes e inmensos
y después quieren que yo me crea lo de la cuarentena,
cuando lo que había que hacer es...
usted no tiene justificación para estar en la calle,
pues a chirona y con cadenas desde la cabeza a los pies
y sino caben en chirona por overbooking
pues ¡a galeras a remar!.
Todas las reacciones

Irene Vallejo

 

El cuerpo es un símil de la realidad donde habita. Cuando a lo largo y ancho del mundo el confinamiento cerró las calles, empezamos a sufrir contracturas físicas y mentales. Somatizamos los duelos como dolores, y la ansiedad es una secuela cada vez más palpable de este paréntesis angosto e interminable. El miedo, las tensiones, el peso del trabajo y el poso de las soledades se traducen a un lenguaje de carne en nuestras piernas, estómagos, corazones y cabezas. Este malestar encajonado tiene raíces antiguas; “angustia” significaba en latín “desfiladero, lugar estrecho, abismo”. Lo mismo ocurre con la tensión que nos oprime: “estrés” procede de strictus, en el sentido de “estricto, apretado, estreñido”. La tristeza estrangula el aire, enmudece la voz. Hasta que, de pronto, como en un hechizo, ciertas palabras nos permiten abandonar el pasadizo helado y encontrar alivio.
Cuántas veces, tratando de levantar nuestro ánimo, hablamos con nosotros mismos para conjurar el miedo, igual que susurramos al niño temeroso de la oscuridad. Nos decimos que es preciso confiar, ser fuertes, no desistir. Esta capacidad para desdoblarnos en un yo sereno que trata de apaciguar al otro yo es una proeza sorprendente y antigua. Ya Homero contaba en la Odisea que, a veces, el llanto sacudía a Ulises, y entonces escondía la cara tras el manto, humedeciendo la tela en silencio. Al regresar a Ítaca, el navegante encontró su palacio ocupado por extraños y tuvo que mendigar en su propia ciudad. Derrotado, se dijo: “Corazón, sé paciente, en otras ocasiones sufriste reveses más duros, pero aguantaste”. Por primera vez en nuestra cultura, un humano habla no con sus semejantes o con los dioses, sino consigo mismo. El diálogo íntimo nació así, con una llamada a la calma y al sosiego.
Durante estos tiempos tormentosos, los duelos amputados han agudizado nuestro malestar. C. S. Lewis intuyó que el dolor por la muerte de un ser querido se expresa a menudo en el idioma de la angustia. Con más de 50 años, el devoto profesor de Oxford aceptó casarse con la poeta norteamericana Helen Joy Davidman —católica, divorciada y comunista—, que le pidió ayuda para evitar la expulsión del país cuando le denegaron el permiso de residencia. Por sorpresa, ese matrimonio de conveniencia en la madurez desembocó en un inesperado y hondo enamoramiento, que poco después truncaría el cáncer. Cuando ella murió, Lewis escribió en Una pena en observación: “Nadie me había dicho que la pena se viviese como miedo. La misma agitación en el estómago, la misma inquietud. No estoy asustado, pero la sensación es idéntica. Aguanto y trago saliva. Antes tantos caminos y ahora tantos callejones sin salida”. Lo conmovedor es que esas reflexiones anotadas en cuadernos, sus apuntes sobre la tristeza, se convirtieron en un libro que le ayudaría —como a tantas personas, todavía hoy— a escapar de la calle angosta, de la trinchera circular.
La ansiedad es una habitación estrecha. Luis Buñuel lo explicó en su película El ángel exterminador, donde unos amigos se reúnen a cenar en un lujoso salón y después, por una razón inexplicable, no consiguen atravesar el umbral para salir. Según el cineasta, habrían sido atacados por una plaga misteriosa e innombrable. Entre esas cuatro paredes se suceden la desesperación y el humor surrealista: una comedia trágica sobre la asfixia y el desasosiego. Cuando el túnel nos aprisiona, la risa ensancha los pulmones con aire fresco. Conversando con exiliados españoles en México, el director señaló la clave: “Los hombres cada vez se ponen menos de acuerdo y por eso se combaten entre ellos. Pero ¿por qué no se entienden? En la película es lo mismo, ¿por qué no llegan juntos a una solución?”. Según Buñuel, debería asombrarnos no que los personajes sean incapaces de salir, sino que no intenten colaborar. Hoy, más que nunca, hay que observar las penas, hablar con el corazón, reír en el desfiladero y atreverse a buscar ayuda. Hace falta coraje para dar rienda suelta a las palabras enjauladas. No siempre comprendemos cuánta fortaleza se necesita para vivir en la fragilidad.
Todas las rea

¿VUELAS?




¿Sueñas aún?,

¿vuelas?, ¿te elevas?, ¿flotas?

porque yo......sí........

solo que ahora vuelo más bajo y con más cuidado,

me elevo mucho menos que antes,

floto y porque sino me ahogaría en medio de cualquier charco,

mis poderes ahora, son un bien escaso,

mi magia sufrió un infarto,

mi mala suerte se presentó un día y me dijo:

te tengo que cortar las alas.....

y ahora... vuelo como puedo,

vuelo a pequeños saltos,

vuelo en un continuo querer y no poder,

como hacen los saltamontes,

y como hacen las personas que han dejado de querer

pero que aún así...lo intentan.

ESCRIBIR


 

Escribir es describir,

es poner un dedo señalando el todo o la nada,

es alzar el vuelo y olvidarte del miedo,

es atrapar moscas dentro de un estercolero,

y es decir adiós cuando te dicen hasta luego.

Escribir es malvivir,

es ser huérfano y hechicero,

es ser pirata dentro de una lata,

es andar a hurtadillas y espiando mentiras

y ya sean propias o ajenas.

Escribir es dilatar agujeros inexplicables,

y es decir te quiero

y además...decirlo de nuevo.

EL VEINTISÉIS



A veces me gusto

y otras veces me asusto y me disgusto.

Por mi mente pasa la gloria

y también, la más triste derrota,

a veces soy pudiente como el sol naciente,

en otras me visto de pena insumisa

y voy pidiendo caricias de incontrolable consuelo,

aunque también es verdad,

que a veces me atrinchero

y a esperar...toca...

Son las  menos,

pues no me gusta esperar a nadie,

y menos me gusta

que los acontecimientos me den órdenes

y escriban y deletreen mis pensamientos,

yo asumo mi caos como parte de mi orden,

mi universo tiene una parte caótica

y otra parte que ha nacido por parto natural,

y así...

después del uno...vendrá el doce,

y después el tres y el catorce

y por fin, el veintiséis...

aunque hay veces

que después del uno viene el dos.

Necesito un informe de ti.


 Necesito un informe de ti.

Un informe que primero valore

tus daños actuales.

Que segundo, 

que me describa como todo transcurrió entre los dos.

Y que tercero,

que desglose mi parte de responsabilidad,

La tuya, la dejo contigo.

Y que por fin,

que los dos firmemos un parte amistoso,

y que cada uno recoja sus velas

y evalúe sus propias daños estructurales,

y entonces y sin más,

llegaremos al punto final

y fin de nuestro informe pericial.

¿QUÉ ES LO QUE ME PASA A MÍ?


¿Qué es lo que me pasa a mí?

 que es lo que a los demás no les pasa,

¿qué es?.... ¿qué coño es?

Acaso soy yo un ser tan extraordinariamente raro,

acaso soy tan diferente y extraño,

o son los demás los que andan sin pies y 
comen sin manos.

Porque yo me veo la cara todos los días

y en el mismo espejo del mismo baño,

y os puedo asegurar 

que a mi no me han salido cuernos,

ni mis incisivos se han convertido en dientes de vampiro,

ni mi cara se ha elongado en forma de hocico,

además, yo no tengo la rabia,

ni rosmo, ni ladro,

ni siquiera babeo por mis comisuras bucales.

Por tanto concluyo:

soy una persona normal

aunque no carezca de defectos,

pero estos vienen así de fábrica,

y al mismo tiempo os puedo asegurar

que no tengo fecha de caducidad,

y me puedo morir hoy,

que lo mismo puede ser mañana

o en el próximo año bisiesto.

Acaso será que yo soy el ser humano

y que los demás son falsas apariencias vestidas de humanos,

¿será eso?...

en realidad...no lo sé,

y entonces lo que puede pasar

 es que al final, yo no me fío de nadie,

ni tan siquiera me fío de mi mismo,

y si me pasa eso

y en el espejo veo toda mi humanidad reflejada en mi viejo rostro,

entonces me pregunto porque los demás

no pueden ser lobos con piel de cordero 

o puede que sea al revés.

O hay alguien por ahí que ose decirme lo contrario,

¿hay alguien?...

porque yo no soy el espejo de nada ni de nadie,

ni espío a través de cerraduras,

ni soy un confesor de vuestros peores pecados

soy simplemente un ser que tira, anda y respira

y que no quiere saber de vuestros pormenores y resquemores.

Yo lo único que sé de la raza humana,

es que a éste ritmo tan destructivo, 

nos queda poco,

apenas nos queda esperanza de vida,

 y puede que después de hoy quizá no haya un mañana,

y que tras el día puede que nos espere la eterna noche...

"Pausa", Mario Benedetti


"De vez en cuando
hay que hacer una pausa
contemplarse a sí mismo
sin la fruición cotidiana
examinar el pasado
rubro por rubro
etapa por etapa
baldosa por baldosa
y no llorarse las mentiras
sino cantarse las verdades".

YO ANTES (HACE 15 DÍAS)


Yo antes (hace 15 días)
abrazaba por pseudópodos
y era tal mi poder envolvente
que cuando abrazaba...me derretía...
lo que no sé
es lo que le ocurría a la otra persona...
Yo de aquellas,
era suave e intrépido,
me gustaba pasear por las veredas de la vida,
como también,
me encantaba acariciar piel evanescente,
la que un día tuve entre mis dedos
y la que otro día,
fue declarada como desaparecida
como desaparecida en combate...
piel evanescente como una estrella fugaz,
piel fluorescente escrita con letras de oro y plata
piel de estraperlo cultivada a la luz natural...
Además, yo era intrépido,
valiente, espléndido,
amable a veces,
irritable en otras,
duro y frío como la escarcha,
soñador empedernido,
mal amante,
muy mal amante en sexo tradicional,
buen conversador,
indisciplinado,
anárquico,
buena persona,
carismático,
actor de pandereta,
bucólico y melancólico,...
Yo era de otra época,
era antiguo a no poder más,
era de balneario oxidado con herrumbe y moho,
era profundamente entrañable,
era una persona afable y amable,
me gustaba con locura la música
y conducir y cabrearme dentro del coche,
siempre había un pero hacia otro conductor,
un pero ácido y agrio,
pero que se acababa al salir del coche,
dejaba mi armadura ácida en el asiento
y sin más, me volvía a vestir de Bruno...

SOLO (Juan José Millás)

 

Detestaba mucho a un amigo en cuya muerte imaginaria me recreaba con frecuencia. Cuando me descubría en tal actitud, sentía vergüenza de mí y procuraba cambiar de fantasía. Pero con cuanta más fuerza la rechazaba, con más fuerza volvía. Mírenme en el tanatorio, observando su cadáver para asegurarme de que ese viejo camarada está muerto y bien muerto. Finjo ante sus familiares una pena que no me posee, pues me llena de felicidad haber ganado esta batalla. Ese individuo y yo simulábamos desde hace años una devoción mutua inexistente, pues por debajo de las apariencias circulaba un odio feroz. Si no lo hubiera matado yo a él (imaginariamente, insisto), habría acabado él conmigo. Aquí paz y después gloria.
Lo curioso es que después de sus sucesivos entierros (pues lo asesinaba cada tarde) sentía un vacío enorme. Por un lado, estaba el sentimiento de culpa, claro, no soy ningún monstruo, pero, por otro, la impresión de que me faltaba algo. Por fortuna, resucitaba a diario en la realidad con la misma facilidad con la que yo lo enterraba en mi mente, y de este modo el ciclo del odio se renovaba. A veces me preguntaba si él me ejecutaba con la asiduidad con la que yo lo ejecutaba a él y si había jornadas en las que yo asistía a su funeral a la misma hora a la que él asistía al mío.
El caso es que el viernes pasado estaba estrangulándolo una vez más, y mientras escuchaba su respiración agónica por la falta de aire sonó el teléfono y resultó que era él.
- ¿Qué hacías? -me preguntó.
-Te estaba estrangulando imaginariamente -dije.
El hombre se rio como si se tratase de una broma y yo reí con él para evitar sospechas. Me llamaba para hacerme un favor de carácter personal que no viene al caso referir. Pero se trataba de uno de esos favores que uno no olvida nunca porque llegan en el momento justo. Uno de esos favores que te salvan la vida. Le di las gracias, charlamos unos minutos y quedamos en vernos pronto. ¿Me hacía ese favor para que lo odiara más o para firmar una paz secreta?, me pregunté esa noche en la cama, incapaz de conciliar el sueño. Nunca lo sabré porque al día siguiente falleció de un infarto, como para fastidiarme, dejándome más solo que la una.

Lorena Larrañaga. "Lo que sostiene el aire"

Hay una hora en que la casa se llena de caballos que nadie ha llamado. Sus crines recorren los pasillos como agua peinada por una madre muer...