No los veo venir, no los elijo,
de golpe están ahí, son esto,
No los veo venir, no los elijo,
de golpe están ahí, son esto,
Otras fiestas que no se pueden celebrar y en este caso en particular, por el dichoso coronavirus. Y son las penúltimas en ésta isla perdida de la mano de dios y creo que del diablo. De todas formas yo no lloro por ello, no me gustan las fiestas tal y como las hacen. Tampoco tengo una alternativa clara o un plan B y porque no me como el coco por éste asunto y me da igual que se celebren o que no se celebren. Yo voy a estar en mi casa igualmente. Éstas fiestas son en el pueblo de al lado y por eso tampoco me puedo quejar de que me moleste la música y la bronca fiestera.
Esto es opcional y te gusta la fiesta y tal y como se hace o te encierras en tu casa y a cal y canto. Y yo he escogido ésta última opción. Pero tengo que aclarar que no es ninguna novedad, pues llevo años y años sin tener que padecer, lo que es para mí, una auténtica tortura. No me gustan las fiestas en masa, no me gustan la gente en masa y toda borracha, no me gusta esa falsa alegría que uno tiene que tener por ser la fiesta del pueblo.
Mi opción es quedarme en casa y además me quedo, todo contento. Mi fiesta es muy íntima y el único invitado soy yo. Alguno pensará ¡joder que tío más sibarita! y yo digo que si eso es ser sibarita, pues entonces lo soy. Pero mi tema no es ser clasista y hasta la médula, mi tema es ser como yo quiero ser y si no me gusta el gentío todo puesto y borracho, pues como dije antes, me quedo en mi casa y que le den por el culo al mundo.
Intentan escapar, pero hasta sus familias las llevan de regreso con sus esposos que son hombres mayores. Una historia frecuente en África.
Layalush Mersha, una mujer etíope de 40 años de edad, se casó cuando apenas tenía siete. Dos años después tuvo sus primeras relaciones sexuales con su marido. «Intenté escapar, pero mi suegro puso espinas alrededor de la casa», contó ante un grupo de expertos de la Unión Africana en un reciente encuentro sobre matrimonio infantil.
Al final, tras un intento de suicidio, consiguió escapar, aunque no sin clavarse una de las espinas en la pierna. «Aún me duele», afirmó. A los 13 años volvió a casarse, pero no pudo vivir con su marido. Y a los 18 contrajo matrimonio con el tercero, quien abusó de ella y con quien tuvo tres hijos. Ahora, tras abandonarlo, Mersha intenta movilizar a las campesinas de su nativa provincia de Amhara para combatir el matrimonio infantil.
A mediados de abril, más de 200 niñas nigerianas fueron secuestradas por la organización terrorista Boko Haram. Según medios, muchas de ellas han sido forzadas a casarse con miembros de esta secta islamista. Y según expertos, el mediático caso dista de ser el único en África.
«Cuatro de cada diez jóvenes africanas entre 20 y 24 años se casaron siendo niñas», dijo Martin Mgwanja, vicedirector de Unicef, en el encuentro sobre matrimonio infantil celebrado en Adis Abeba. «El progreso no ha llegado rápido o lo suficientemente lejos. Y las consecuencias de esta inacción hacen que cada año 16 millones de niñas africanas se conviertan en esposas», añadió Julitta Onabanjo, del UNFPA.
La práctica está muy extendida en Burkina Faso, Camerún, Chad, Etiopía, Mauritania, Mozambique, Níger, Sierra Leona, Zimbabue y Zambia. Pero también abunda en la República Democrática del Congo, devastada por la guerra, donde el 70 por ciento de las «novias» niñas acaba con hombres polígamos y abusadores, según Unicef.
La Unión Africana señala que estos casos están convirtiendo a millones de niñas en esclavas sexuales, presionadas para dar a luz a una edad temprana.
«Mis hermanos quieren que me case. Yo no quiero casarme. Quiero continuar mis estudios, pero todos mis amigos quieren que acceda a casarme», enunció en la cumbre Balkisa, una adolescente de Bukina Faso de 14 años y que ahora disfruta de protección pública.
Zeinab, de Níger, rompió a llorar tras su velo mientras contaba a los expertos cómo fue su matrimonio. «Cuando llegué a casa de mi marido, intentó acercarse a mí. Lo rechacé. Me golpeó. Cuando corrí hacia mi familia, me golpearon y me llevaron de vuelta a su casa», contó la joven. Finalmente, golpeó a su marido en los genitales y escapó.
«Se trata de la vida, no de estadísticas», afirmó Nyaradzayi Gumbonzvanda, secretaria general de la World Young Women’s Christian Association (YWCA), cuya madre se casó a los 15 años.
El matrimonio infantil es una práctica arraigada en la cultura tradicional, pues se cree que el bienestar será mayor si se tienen más hijos y que eso garantizará la supervivencia a una edad avanzada.
En África, el elevado costo de educar a los niños desincentiva a las familias numerosas. Pero si los padres están en apuros, puede que presionen a sus hijas para que se casen pronto y recibir así una compensación financiera en forma de dote, apuntan expertos.
«Es una cuestión de recursos en la familia. No todos los padres quieren entregar a sus hijas a matrimonios forzados. Pero no tienen medios. Así es la pobreza», añade Gumbonzvanda.
La reciente campaña de la Unión Africana busca hacer lobby para que los gobiernos aprueben leyes que protejan a estas niñas. Entre las medidas recomendadas se incluyen la creación de centros de rescate y emergencia para las niñas que huyen de los matrimonios forzados.
Merezco el mejor de los amores y también a las mejores amistades..., En fin, me merezco todo y más...Y bueno el que no me crea, que se ponga a contar las medallas que cuelgan de mi pechera y así verá y podrá comprobar que la distancia entre mi pecho (lleno de medallas rancias y oxidadas) y la frontera sideral y astral que marca el espacio (llena de restos de ozono y metal no reciclable) es un asunto como banal (hay muy pocas diferencias, estamos hechos de la misma materia)...Y porque al final todo da igual y uno se merece lo que se cree merecer y punto y pelota. Y si uno se quiere y con todas sus ganas, ya tiene una buena parte del camino hecho y rehecho. Ahora bien, merecer no es esperar sentado a que las cosas aparezcan, para merecer hay que ser activo y en definitiva, hay que luchar por ellas. Es decir, merecemos más si nos queremos más y además, luchamos mucho más por todo ello.
Los curiosos buscan ver sangre.
Frenan el auto a 100 kilómetros por hora
en la autopista para ver al muerto.
Por eso me miran cuando camino.
Toda yo debajo de su desamor
voy deshaciéndome a pie
de regreso a mi casa.
"Además, cuando lo piensa se da cuenta de que lo que le gusta del otro es ella misma. Nos gusta coincidir con el otro, nos encanta la zona sombreada de intersección, el lugar donde coincidimos en gustos, ya sean musicales, estéticos o sexuales. Lo que nos interesa del otro somos nosotros. Es decir, nos enamoramos de lo que de nosotros tiene el otro, lo cual no deja de ser una paradoja, porque el amor se supone que es algo ciego y desinteresado."
Hay una hora en que la casa se llena de caballos que nadie ha llamado. Sus crines recorren los pasillos como agua peinada por una madre muer...