Y claro que me acuerdo de aquél día
creo que llovía
o por lo menos llovía dentro de mí
en mis días buenos y mejores, siempre llueve dentro de mí
en los peores, siempre pega un sol de justicia
de ese sol que hace daño a todo lo que viva o sobreviva
al ser humano, a las pobres plantas
a los árboles del bosque
a la fruta prohibida que no se cae del árbol
que hasta ahora seguía pendiente de un hilo
agarrada como una garrapata a una fina rama del árbol
y que pena me da
porque con éste sol
se caerá al suelo
y de inmediato empezará a pudrirse
y el suelo se llenará de hormigas y de avispas
a las dos les encanta el dulzor de almíbar zalamero de la fruta
pasada
y a veces hasta se pelean entre ellas
y nadie vence
porque otra fruta madura cae al suelo
y ya tienen otro objetivo a la vista
y otra nueva fuente de comida
y ¿para que pelearse entre ellas?
si en realidad,
hay y habrá para todos.
La naturaleza es mucho más lista que nosotros
y sabe repartir cuando hay para todos
y no permite que uno se erija en su dueño
y después, que lo venda aún precio desorbitado a los demás
y tal y como suele pasar entre los humanos.

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