Todas las cosas tienen un principio.
A veces creo que mi hermano vino primero para guardarme el sitio. Que antes de nacer ya estábamos juntos, pero que en el último momento él se dio una carrera para tocar antes la pared y gritar:
- ¡Por mí y por mi hermano!
Como cuando jugábamos al escondite en el jardín del abuelo.
Llegué, como todos, sin saber de qué iba esto de la vida, pero me encontré con un gran teatro que abría sus puertas para mí y con mi hermano haciendo cola y agitando mi entrada por encima de la cabeza de los demás. Me lo imagino dando saltitos y gritándome:
- ¡Aquí! ¡Aquí!
En casi todas las fotos de nuestros primeros años estamos juntos. Dándonos la mano o tocándonos o muy cerca. Y no son poses preparadas, sino un estado natural del cuerpo. La prolongación de cada uno proyectada en el otro. Da igual que sea entre los fríos invernales del Retiro, en Madrid, o bajo el sol ruidoso y salobre de las playas de El Palo en Málaga.
Siempre la misma simetría.
Esto me recuerda a un pescador que conocí, llamado Dimas, que me explicó en una ocasión que hay un sencillo nudo marinero llamado ballestrinque.
- Mientras la cuerda tire con fuerza manteniendo la tensión, el nudo es indestructible - me contó - Pero si dejas que se afloje, el nudo se escurre y se deshace solo.
Pues algo así es el vínculo con mi hermano. Sencillo, pero siempre apretado.
Recuerdo el día que me marché a estudiar a Inglaterra. Aquella fue la mayor separación, en tiempo y distancia, que he tenido nunca con él. No quiso venir a despedirme al aeropuerto, pero el abrazo que me dio a los pies de la escalera de casa llevaba dentro todo lo que sentía. Vi pasar nuestra vida en un segundo, como si fuera una película. Sus puños cerrados con rabia en mi espalda, su mejilla pegada a la mía y su 'te quiero' sutil en mi oído apretaban con fiereza ese nudo marinero.
Seguramente, todo empezó en un momento como el que refleja la imagen que traigo hoy. Es la primera foto que nos tomaron juntos fuera de la cuna y el acta fundacional de nuestra unión. Estamos en el jardín de la casa del pueblo, delante de un macizo de hortensias. Mi hermano ya ejerce de guardián.
Vamos vestidos igual, como después sucedería casi siempre, una moda de la época que nunca me molestó. Tal vez por la misma razón por la que nunca quise dormir en una habitación diferente.
Hace mucho que no usamos jerséis iguales ni dormimos juntos y, sin embargo, el ballestrinque sigue prieto. Porque aunque tengamos armarios diferentes, hay algo que, después de los años, sigue intacto: siempre sé dónde está.
Feliz día.
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