Hemos visto preocupada a la presidenta del Consejo General del Poder Judicial, Isabel Perelló, por la imagen que los españoles tenemos de los jueces. Pobreta.
Le extraña a la presidenta del Tribunal Supremo esa desafección, que el CIS sitúa en un 77%. Que significa, que solo el 23% de ciudadanos crea en la imparcialidad de los jueces, merece una fina reflexión. Pero de su boca, aparte de sugerir presiones, no salieron propuestas de enmienda.
Lo de las presiones algunos lo tenemos claro. Le molestan al juez que persigue obscenamente a la esposa del presidente del Gobierno, al que no se mueve para juzgar al novio de Díaz Ayuso, a quienes entorpecen la investigación de las sinvergonzonadas de Montoro, a los que miman al chorizo de Aldama, a los que se cargaron al fiscal general. A jueces y magistrados muy concretos.
Se quejó la máxima representante de los jueces, pobreta, en un día muy especial. Coincidía con la decisión del Supremo de impedir que voten los descendientes de exiliados españoles, pese a tener reconocida la nacionalidad. Sin acudir al Constitucional, unos magistrados (alguno de claro signo político) se pasan el procedimiento por el forro de la escarapela y, en una decisión inaudita, dan la razón a la ultraderecha. ¿Quién presiona a quién?
Bien mirado, la venda que algunos magistrados y jueces llevan en los ojos les tapa la balanza y solo deja asomar la espada. Con esa funcionan más de uno y más de dos, aunque la Sra. Perelló y compañía no quieran ver, oír, palpar y hablar. Lo que el pueblo español olfatea (y huele a podrido) poco parece importarles.
No hay comentarios:
Publicar un comentario