Me noto nervioso. Estoy en la cola del teatro Apolo de Londres. Aún no han abierto las puertas. Siempre llego con demasiado tiempo a los sitios. He venido solo y disimulo mirando el programa de la obra para parecer ocupado y que nadie me pregunte nada.
Releo por enésima vez mi localidad impresa en la entrada. Platea, fila C, butaca 12. He pagado quince libras.
Estamos en 1989. A finales de octubre. El tiempo es fresco pero no ha llovido en todo el día.
No hace ni un mes que llegué a Loughborough, un pueblecito a algo más de una hora en tren de la estación de St. Pancras. Aún no he tenido tiempo de mejorar mucho mi precario inglés del colegio. Lo que mejor sé hacer es pedir un billete de ida y vuelta en la estación de tren.
- One return ticket, please - digo con una pronunciación perfecta ensayada mil veces delante del espejo.
Sé que no entenderé nada, pero con gran osadía he sacado una entrada para ir al teatro en el West End londinense.
Hace una semana vi en un periódico que se estrenaba la comedia 'Jeffrey Bernard is unwell' interpretada por Peter O'Toole, que siempre ha sido mi actor favorito. Mi admiración por él es infinita y verle en directo a unos metros de distancia es algo que me emociona mucho.
Por fin abren la puerta. Avanzo. Percibo que la gente me mira raro. Soy el más joven con diferencia de toda la cola. Y el menos inglés. Tampoco soy el más elegante, con mi cazadora de cuero con cuello de borrego. La mujer que pica mi entrada parece buscar a alguien detrás de mí. Se da cuenta de que no me acompaña nadie y me lanza una mirada fugaz, mezcla de extrañeza y pena.
Entro a la sala y me sorprende que no haya telón. Se ve el escenario con todo su decorado. Simula el interior de un pub, con las paredes cubiertas de fotos, una barra de madera y muchas botellas de alcohol. La iluminación es tenue.
Llego a mi butaca. Estoy muy cerca del escenario. La gente conversa antes de la función. Aguzo el oído. Me doy cuenta de que entiendo algunas cosas. Eso me anima.
Por fin se apagan las luces y aparece Peter O'Toole. Me remuevo en mi asiento. Se tambalea interpretando la borrachera del protagonista. Empieza a hablar. Una frase, otra. Me doy cuenta de que no entiendo nada. No me importa. Le miro y veo a Enrique II. O a Lawrence de Arabia. Me fijo en sus gestos. En su mirada acuosa y en su perfecta dicción.
Me embarga la sensación de sueño cumplido.
Ha debido decir algo ingenioso. Todo el mundo se ríe. Me mimetizo como un insecto palo y yo también me río.
Y entonces, ocurre el milagro. Se acerca al borde del escenario y clava sus ojos azules en mí. Ya no tienen el brillo fulgurante de la juventud, pero siguen siendo expresivos. Por unos segundos me sostiene la mirada. Es frágil y vulnerable. Veo sus ojeras profundas. Los ojos se le han hundido después de una vida de excesos.
- No te miraba a ti - me dijo después un amigo sabelotodo y aguafiestas - Los actores de teatro no ven el patio de butacas, sólo una pared de luz.
He salido del teatro y paseo por Piccadilly Circus. Hace frío. Echo de menos los espejos de agua negra en el asfalto. El neón de Sanyo me recuerda al de Schweppes en la Gran Vía. Un saxofonista con rastas toca una melodía triste en las escaleras de la estatua de Eros. También él tendrá sus sueños.
Me subo el cuello de la cazadora. Aún debo llegar a la estación. Me queda un largo camino a casa.
Aunque aún no sepa muy bien dónde es.
Feliz día.
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