Yo lo pienso muchas veces.
Yo, podía irme de aquí
o también quedarme en donde vivo.
Aunque no sé muy bien adonde ir.
Si pienso en los sitios donde fuí feliz en mi infancia
yo tengo que reconocer que ya he estado allí
y nada tiene que ver con lo que era antes
el paisaje ha cambiado
y lógicamente, para peor.
Faltan los pinares y las dunas salvajes
y el ruído del viejo tranvía dando la última curva
para llegar a pie de playa.
Faltan las risas de nuestros juegos
y quién llegó primero y exhausto y sin aliento
y lo que antes nos imaginábamos al oír aquella música
ahora, cuando la volvemos a oír
aún nos traslada hasta allí,
pero tal y como era en aquél momento y no como es ahora
y falta la complicidad de nuestras miradas
y cuando pensábamos que todos seríamos cómplices
de nuestros hechos y para el resto de nuestros días
y de que nunca desaparecería la luna de aquellas noches
que aquellos senderos de piedra y tierra
siempre serían para nuestras bicicletas
y para pararse y coger un racimo de uvas
o unos melocotones o unas manzanas subido al sillín de la bici
y porque entendíamos que era un regalo de la vida
y era una forma de compensación a tanta vida que
regalábamos
y a manos llenas
y sin pedir nada a cambio
sólo pido que pudiéramos soñar en libertad
y yo no puedo quejarme de una época
que fue de las más felices de mi vida.
Pero no, no me gustaría volver a vivir allí,
me falta valor para cometer esa clase de asesinato
prefiero conservar dentro de un recuerdo
a toda aquella felicidad que no me cabe dentro de un tarro
pero que tiene alas para seguir volando.
Y viviré tal y como hice siempre
una moneda al aire
y ella, me indicará el camino.

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