"Saberse abandonada". (SHARON OLDS)

 

Si paso por delante de un espejo, me vuelvo,
no quiero verla a ella,
y ella no quiere que la vean. A veces
no sé exactamente cómo seguir con esto.
Con frecuencia, cuando me siento así,
a los pocos minutos estoy llorando, recordando
su cuerpo, o una parte de él,
a menudo la trasera, una parte suya
en la que puedo pensar ahora mismo, atractiva, sin demasiado
detalle, y su espalda vuelta hacia mí.
Después de las lágrimas, el pecho duele menos,
como sí, en nuestro interior, alguna diosa de lo humano
nos hubiese acariciado con un derrame de ternura.
Supongo que es así como la gente sigue adelante, sin
saber cómo. Estoy tan avergonzada
ante mis amigos –saberse abandonada
por quien, supuestamente, mejor me conocía,
cada hora es un lugar para la vergüenza, y yo estoy
nadando, nadando, manteniendo la cabeza alta,
sonriendo, bromeando, avergonzada, avergonzada,
es como estar desnuda entre gente vestida, o ser
una niña y tener que comportarse.



 


















Las palabras...(J. SARAMAGO)

 

«¿Y las palabras? ¿Adónde van? ¿Cuántas permanecen? ¿Por cuánto tiempo? (...) mi abuelo Jerónimo, en sus últimas horas, fue a despedirse de los árboles que había plantado, abrazándolos y llorando porque sabía que no volvería a verlos. La lección es buena. Me abrazo a las palabras que he escrito, les deseo larga vida y recomienzo la escritura en el punto en que la había dejado. No hay otra respuesta».






















ACEPTO ESTE DESTINO (Jacob Iglesias)

 

Estoy aprendiendo
a habitar estos días previsibles
en los que siempre me levanto a las 7:30
y desayuno siempre un tazón de leche
con galletas. Estos días ni tristes
ni alegres
de los que uno no espera gran cosa.
Ya es bastante
si el día amanece soleado,
y sigo respirando otras veinticuatro horas,
y no sufro ni provoco sufrimiento a otros,
y tengo una compañera
a quien agarrar de la mano,
y algunos poemas que llevarme al alma
antes de preparar el despertador
para que suene a las 7:30
y apagar la luz.


 

























QUERIDA VEJEZ, DOS PUNTOS

 

Querida vejez, dos puntos:
Me he pasado más de media vida suspirando por tí,
porque contigo me sentía feliz 
y me veía plácidamente sentado en un banco del pueblo,
mirando la vida pasar
y con el mar al fondo
(en todos mis fondos siempre está el mar).
Me veía sentado, 
tranquilo, 
sosegado,
un poco amodorrado después de comer,
a veces, intranquilo e incómodo
por el ruído de algunas motos con escape libre,
y jurándome que un día de estos,
tendría que quemar una moto en la plaza del pueblo.
En fin, querida vejez,
te tenía en un pedestal
y ahora que te puedo ver
me estoy dando cuenta
de que no todo era tan perfecto,
que el banco del pueblo luce podrido,
que el ruído de las motos es bestial
y que yo no me encuentro
con las fuerzas necesarias
como para ponerme a quemar motos.
Lo único que soy capaz de quemar a éstas alturas de mi vida,
es otro trozo de leña en mi querida chimenea...


 

























DE LADO...

 


De lado...de lado...
a veces tengo que andar de lado,
silbando y disimulando como mejor puedo,
pareciendo ser lo que no soy
ni lo que nunca he sido,
colándome por cualquier fisura que se abra delante de mí,
abriendo ventanas,
batiendo puertas,
moviendo tierra bajo mis pies,
borrando la huella de mis pasos,
certificando que en realidad...
yo he nacido de cara
pero reconozco que ahora mismo vivo de perfil
que he aprendido a andar de lado
y porque me he acostumbrado a vivir sin tí.





























UN HASTA SIEMPRE

 

Volver a aquél día,
revivir lo vivido,
deshacer los entuertos,
tratar de arreglar lo estropeado,
hablar pausadamente,
escuchar al otro
decidir con sentido,
no hacer daño
o hacer el mínimo posible
despedirse con un último beso
o con un último abrazo
y decirse al oído:
un hasta siempre.





















La belleza y otros cuentos (Irene Vallejo)


Nadie escapa al imaginario de perfección sobre nuestras carnes, pero las mujeres somos objetivo prioritario.

Vivimos cada día asediados por una avalancha de imágenes perfectas, rebosantes de juventud, filtros y plastificada fascinación. Su hechizo es una promesa de belleza que nos empuja hacia el resbaladizo terreno de la vida que deseamos y soñamos —­sin olvidar que también las pesadillas son sueños—. Según la biología, admiramos el ideal físico porque buscamos instintivamente simetrías y rasgos saludables. Sin embargo, la historia muestra que el velo de la seducción suele encubrir las afiladas aristas del poder y el dinero.
En todas las épocas se desea gustar, pero los atributos considerados hermosos cambian constantemente. Rostros y cuerpos atractivos en otros tiempos ahora se entregarían a los cirujanos. Lo bello parece estar ligado a lo exclusivo y a la riqueza: hacemos más caso a lo escaso. En la Antigüedad, la literatura satírica se burlaba de la delgadez porque revelaba falta de medios. Por aquel entonces eran gordos —y estaban ufanos de serlo— los ricos. El poeta Marcial definió el canon erótico: “No quiero una amiga delgada, que me raspe con su rabadilla desnuda y me pinche con su rodilla y a la que le sobresalga en la espalda una sierra”. En Antología griega, Marco Argentario se disculpa porque su amada es “una Afrodita flacucha”. Actualmente, en un mundo donde abunda la comida barata y calórica, la delgadez exige esfuerzo, presupuesto y tiempo libre para cuidar la figura. La belleza se escabulle, tan inalcanzable como siempre.
El patrón histórico es constante: tendemos a valorar lo difícil, lo minoritario, lo caro. Las mujeres romanas, de oscuro pelo mediterráneo, anhelaban lucir melenas rubias. Por eso los artesanos fabricaban pelucas con el cabello de prisioneras germánicas, esclavas rapadas para lujo de las patricias. Siglos más tarde, las japonesas utilizaban un ungüento de óxido, té y sake que teñía sus dientes de negro puro. El color marfil de la dentadura se consideraba vulgar, mientras las sonrisas tiznadas —que muy pocas podían permitirse— eran un símbolo de elegancia. Durante generaciones, los cuerpos bronceados y musculados —hoy oscuro objeto de envidias veraniegas— se asociaron a las clases pobres, sometidas al sol inclemente y los trabajos esforzados del campo.
Una y otra vez, la belleza ha sido signo de ostentación y, además, un próspero y competitivo negocio. Émile Zola, en su relato Les Repoussoirs, nos presenta al cínico Durandeau, fundador de una agencia donde jóvenes ricas no especialmente guapas alquilan a chicas desmejoradas de origen humilde, maquilladas como adefesios, para que las acompañen en sus paseos y así quedar favorecidas —por contraste— a ojos de sus pretendientes. Las jóvenes pobres comercian con lo único que poseen: la tristeza que les devuelve el espejo. En nuestro mundo, igual que entonces, poderosas industrias cosméticas y quirúrgicas subrayan nuestros defectos para vendernos ilusiones y soluciones. Caras, muy caras. La celulitis, por ejemplo, es un concepto que no existía hace poco más de un siglo, precisamente hasta que las revistas y los centros de belleza la definieron como una lacra. Al exponer a la luz pública un rasgo saludable como si fuera una enfermedad, se fabricó un complejo que actualmente genera descomunales beneficios.
Nadie escapa al impacto de este imaginario de perfección que impone severas disciplinas sobre nuestras carnes y carteras, pero las mujeres somos objetivo prioritario. En la película El marido de la peluquera, de Patrice Leconte, un hombre maduro de barriga prominente cumple su fantasía al seducir a una sensual peluquera. En esta pareja conmovedora y desigual es ella quien sufre más intensamente el terror a no ser deseada cuando lleguen las arrugas y el deterioro físico. Como escribió Ursula K. Le Guin, esta lucrativa obsesión moldea nuestros cuerpos con una tríada de adjetivos —delgado, tirante, firme—, que se traduce en inversiones y privaciones. Y añadía: “Hay muchas maneras de ser perfecta, y ni una sola se alcanza a través del castigo”. Tal vez la belleza más humana sea la que se logra no con esfuerzo e insatisfacción, sino con facilidad y felicidad.
Todas las reacciones:







































GLAUCE BALDOVIN (Blog de "Emma Gunst")


No es necesario envenenar el agua
cortarse las venas
ahorcarse
El recuerdo de lo que quisimos ser
el acto heroico
ante el cual retrocedimos
la muralla que no derrumbamos
la fortaleza que no construimos
el fuego que dejamos apagar
son suficientes...


















RESURRECCIÓN (Roberto Bolaño)


La poesía entra en el sueño
como un buzo en un lago.
La poesía, más valiente que nadie,
entra y cae
a plomo
en un lago infinito como Loch Ness
o turbio e infausto como el lago Balatón.
Contempladla desde el fondo:
un buzo
inocente
envuelto en las plumas
de la voluntad.
La poesía entra en el sueño
como un buzo muerto
en el ojo de Dios.





















ALGUNAS COSAS SOBRE UNO MISMO


Nadie como yo, para decir tonterías. Siempre pensé que yo era muy tonto, demasiado tonto y payaso. Claro que esto que digo, también demuestra que no se me caen los anillos al suelo y si tengo que decir que hago muchas tonterías, lo digo.
No me considero un ser violento y vengativo, aunque a veces lo he sido y mucho. Pero todos hemos sido mierda antes de ser lo que ahora somos.
No soy un tío fácil. Pues soy complicado y terco y a veces muy duro.
Me gusta perderme entre la niebla y me encanta la lluvia en todas sus formas.
Odio el calor húmedo y soporífero del verano.
Me quiero. Me gusta quererme y sentirme.
Mis peores miedos van de serpientes venenosas y de su tacto lascivo y grimoso.
Mis sueños son de otros mundos. Sueño con días de otoño en medio de un bosque y al calor de una chimenea.
Mis quimeras siempre me sobrepasan. De primeras, siento su aliento en mi nuca y de segundas, se convierten en estrellas fugaces delante de mÍ.
Me encantan las tardes. Antes me encantaban más las noches.
Me gusta sentir el suave tacto de las palabras. La poesía me entusiasma.
















DESEO


 "El oscuro callejón del deseo".

A. Muñoz Molina, "La dama y el unicornio"

"Los gatos y los unicornios son los dos animales más hermosos que haya inventado nunca la literatura. De los unicornios, tenues criatur...