Mi segundo amor ocurrió más o menos
un año después del primero
tenía 12 años y quería hacerme mayor
pero aún me encantaba jugar como un niño
y en esas estábamos entre Pinto y Valdemoro
a veces niño y a veces hombre
y a veces más perdido que un pulpo en un garaje.
Época donde había en mí de todo un poco
y eso me hacía ser bastante imprevisible.
El caso es que de aquellas yo tenía un amigo de misma edad
y los dos estábamos en plena edad del pavo
y una tarde de verano conocimos a dos chavalas que eran de
Madrid,
lindas, graciosas, preciosas y 3 años mayores que nosotros,
por tanto se lo sabían todo
y nosotros apenas sabíamos algo o nada
pero claro nos picaba la curiosidad de saber lo que era el sexo.
Después de algún que otro escarceo
y de algún amago que parecía pero que no lo era
al final, todo se quedó en nada.
Dijimos de quedar para mañana por la tarde
y en un precioso pinar de los ahora no quedan
y mi amigo y yo, nos fuímos todos contentos
y porque habíamos logrado quedar para el día siguiente
y en un pinar donde pasaba muy poca gente
y si teníamos la suerte de nuestro lado, por allí no pasaría
nadie.
Nos frotábamos las manos pensando en lo que pasaría
mañana.
Y llegó esa tarde
y ellas estaban más guapas que nunca
y se reían de todo y con todo y nosotros las acompañábamos
con nuestras risas
el pinar se había llenado de risas y de carcajadas
y era grato comprobar que por allí no pasaba nadie.
Y entonces no hubo otro remedio
que meterse en faena
y porque para eso estábamos allí
y besos y achuchones mutuos
y más besos y más intentos de tocar el fruto prohibido
y los manjares que ofrecían sus adorables tetas
mientras la mano de ella
se deslizaba por mi entrepierna
y todo aquello te ponía como un cohete a punto de explotar
pero como uno no era un experto en el tema
le costaba un poco mantener la tensión sexual necesaria para
dar el siguiente paso
y además, el entorno no ayudaba mucho
estábamos en medio de un pinar donde a veces pasaba gente
y ese ardor guerrero iba bajando escalones
y al final todo aquello se convertía en un calentón bestial
que por cierto, menudo dolor de huevos te producía.
Y de ahí nunca pasamos y porque siempre nos pasaba lo
mismo
y además mi amigo yo y como puto consuelo
siempre pensábamos que al llegar a casa
un pajote estaba servido y además, iba a ser de los buenos.
Pues ésta historia duró un mes de verano
y nunca me arrepentí de no haber llegado más lejos con ella
porque como ya dije, yo era más niño que hombre
y además, aún no sabía lo que era echarse un polvete
y mientras no lo sabes, lo llevas más o menos bien,
porque una vez que lo has degustado, nunca más podrás
echarte atrás.
Pero eso, lo supe después.
Tenía solo 12 años y como nos decían los adultos
¡tienes toda la vida por delante!
y yo pensaba para mis adentros
sí tengo toda la vida por delante menos 12 años.
Que yo también sabía restar.

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