Las promesas de niño duelen.
Duelen porque las hicimos con el corazón completo, sin saber que el mundo nos iba a romper las manos para cumplirlas.
Yo también hice promesas de dientes para afuera, pero con el alma por dentro.
A mi abuelita, antes de irse, cuando ella era joven y yo era todo rodillas raspadas, le prometí:
"Abuela, cuando seas viejita yo voy a ir a limpiarte tu casa y voy a vivir contigo para que no estés sola nunca."
Y no fui.
Iba cada dos años. De ciudad en ciudad, con una maleta prestada y una excusa en la boca.
Ella se fue haciendo viejita y yo me fui haciendo ausente.
Se me murió la promesa antes que ella. Y eso duele más que su silla vacía.
Surrealista es eso.
Que el tiempo sea un ladrón que te promete que vuelves mañana, y mañana ya es un funeral.
Y luego está mi mamá.
Le prometí una casa grande.
No una casa cualquiera.
Una con una alacena gigante, de esas que salen en las películas, llena hasta arriba. Llena de todo. Que nunca nos faltara nada. Que abrieras la puerta y cayera la comida de lo llena que estaba.
Le dije: "vamos a vivir los dos, sin que nadie nos haga daño, sin deberle nada a nadie."
Y no pude.
Sí vivo con ella. Pero no en la casa que le prometí. En la que nos tocó.
Y sí comemos. Pero la alacena no está llena. Está a la mitad. A veces a un cuarto. Sobreviviendo con un sueldo mínimo que se va como agua entre los dedos.
¿Sabes lo que se siente prometerle un castillo a tu mamá y solo poder ofrecerle tu cansancio al final del día?
Es como querer bajarle la luna y solo alcanzarle una luciérnaga. Y aún así ella te dice "qué bonita está, mijo".
El amor a la familia a veces se siente así.
Surrealista y triste.
Como querer abrazar a todos al mismo tiempo y no tener brazos suficientes.
Como tener tanto amor adentro que te desborda, pero en las manos no tener nada.
Como gritar "los amo" con todo tu pecho, pero sentir que tus actos hablan bajito.
Prometí limpiar una casa y no limpié mi culpa.
Prometí una casa grande y apenas sostengo la que tenemos.
Prometí una alacena llena y lo único que tengo lleno es el pecho de ganas de darles más.
Las promesas de niño duelen porque el niño no sabía que ser adulto era esto:
No es que no quisieras cumplir. Es que la vida no te alcanzó.
Pero ¿sabes qué? Mi abuela no se fue pensando en si le limpié o no la casa. Se fue sabiendo que la amaba.
Y mi mamá no abre la alacena contando latas. Me ve a mí ahí, con ella, y eso también es una forma de cumplir.
No les dimos la casa grande.
Les dimos todo lo que teníamos, aunque fuera poquito.
Y eso también es amor. Aunque duela.

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