- Nunca serás escritor - me dijo la señorita Conchita devolviéndome el cuento.
Tenía 9 años y aquello era lo primero que escribía. Se titulaba "El héroe" y sólo recuerdo su frase final: "Y todos fueron a abrazar a sus familias". Lo había encuadernado con cartulina azul y había hecho algunos dibujos a lápiz.
Recuerdo que aquel viernes, mis abuelos nos recogieron en el colegio para pasar el fin de semana en el pueblo.
Fui todo el viaje en silencio, con la mirada perdida en el paisaje fugaz de la ventanilla y las palabras de la señorita Conchita resonando en mi cabeza:
- Nunca serás escritor.
Mi abuelo era muy ob
servador y enseguida se daba cuenta de mi estado de ánimo, cantarín casi siempre que íbamos al pueblo. Aunque yo no le miraba, me daba cuenta de que él me observaba por el retrovisor.
Era un puente de San Isidro y estábamos cerca ya del final de curso. Aunque estábamos en primavera, el verano asomaba ya detrás de los calores del mediodía. Mi abuelo empezaba a llevar pañuelo en el bolsillo de atrás de su pantalón de pana para el sudor de la huerta y empezaba ya a remangarse las camisas. Era una de mis épocas favoritas.
Cuando llegamos era tarde. El cielo estiraba la luz, pero el ocaso le ponía ya un filo púrpura a las nubes. Pronto se haría de noche.
Después de cenar nos sentamos un momento delante de la alberca, frente al macizo gris de la montaña.
- ¿Me lo vas a contar? - me preguntó mi abuelo.
Le miré. Nunca tenía que preguntarme las cosas dos veces.
- La señorita Conchita me ha dicho que nunca seré escritor - dije sin rodeos - Teníamos que escribir un cuento y el mío no le gustó.
Mi abuelo no respondió nada. Entornó los ojos mirando hacia la oscuridad de la carretera que pasaba por delante de la finca.
- Mañana toca plantar las tomateras - dijo por fin - Así que vete a dormir, que te despertaré pronto.
Y así fue. Comenzamos temprano, cuando el huerto aún permanecía en umbría. Había un muro que tapaba el sol hasta media mañana. Trabajábamos en silencio. Sólo se oía el ruido de la azada rompiendo la tierra y el runrún lejano de un tractor.
Yo observaba a mi abuelo formando las regueras. Pero algo iba mal. Él siempre era un hombre preciso y aquel día estaba trazando unas líneas ondulantes que serpenteaban como una culebra.
- Abuelo, ¿por qué haces los surcos así? - pregunté acercándome al borde del huerto - Siempre me has dicho que tienen que ser rectos para que el agua corra bien.
Mi abuelo se enderezó y se limpió el sudor de la frente con el pañuelo. El sol pronto asomaría por el muro.
- Porque así fue el primer huerto que hice en mi vida - respondió mirando aquellas líneas sinuosas - Mi padre no era hombre de campo y nadie me enseñó cómo mover la azada, ni con qué fuerza tenía que golpear la tierra. Al principio, los del pueblo me decían que esto no era lo mío. Pero no les escuché. Empecé a visitar otras huertas y a fijarme en cómo trabajaba la tierra la gente que sabía. Y aprendí, después de hacerlo mal muchas veces.
Nos quedamos en silencio. No dije nada. Él tampoco. Sólo me miró y me dió mi azada pequeña. El sol iluminaba ya medio huerto y había trabajo por delante enderezando aquellos largos montículos de tierra.
Y decidí que sí, que sería escritor. Para hablar de la huerta, de mi abuelo y de aquellas conversaciones en los días de siembra.
Eso sí, con renglones rectos. Como las regueras.