KARMELO C. IRIBARREN


 En el paseo de la playa, poco antes del túnel que conduce al Antiguo, se abre a la derecha, al final de unas cómodas escaleras de cemento, un pequeño mirador formado por dos espacios gemelos, con forma de herradura, abiertos al mar. Hace años lo bauticé como el Observatorio de los Filósofos. Frente a mí se alzaba la isla y, a su abrigo, una diminuta playa de la que me sentía, más aún en esa época del año, muy cerca. Más allá, el horizonte: ese incorregible mentiroso. A mi espalda, continuamente alejándose, las conversaciones de los viandantes y el rumor del tráfico. Cuántas tardes de invierno, frías y luminosas, pasé sentado en uno de aquellos bancos que presidían —y todavía presiden— aquel mirador único. Allí el tiempo discurría a otro ritmo. Con los años, en busca de esa misma quietud, de esa misma distancia respecto del mundo, acabé refugiándome en las cafeterías silenciosas de los hoteles.

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Pedro López Lara