Se me fueron los años…
y no me di cuenta.
Entre desayunos fríos
y camas vacías.
Entre hijos que crecieron
y promesas que se olvidaron.
Entre “mañana lo hago”,
“ya casi”,
y “todo está bien”…
aunque no lo estuviera.
Se me fueron los años
sosteniendo a todos, menos a mí.
Callando para no incomodar.
Cediendo para no discutir.
Quedándome en segundo plano
para no estorbar.
Me convertí en la mujer invisible.
La que todos buscan cuando necesitan algo…
pero a la que nadie pregunta
si necesita un abrazo.
Y un día,
sin avisar,
sin llanto,
sin escándalo…
me vi al espejo.
Y no lloré.
Me hablé.
Me dije:
“Ya estuvo bueno.”
A mis casi setenta,
cuando creí que lo único que podía levantar
era una taza de café…
me levanté a mí.
Se me levantó la dignidad.
Esa que estuvo escondida durante años
entre mis huesos,
esperando que yo me eligiera.
Y lo hice.
Con voz temblorosa pero firme, dije:
¡Basta!
Basta de fingir.
Basta de ser la última.
Basta de aceptar lo mínimo
y agradecerlo como si fuera mucho.
Hoy,
con arrugas en la piel
pero claridad en el alma,
me reconstruyo.
Recojo a la mujer que soñaba,
que reía sola,
la que no pedía permiso para vivir.
Y me abrazo.
Porque no es tarde.
No es tarde para decir “yo primero”.
Para aprender a amarme sin culpa.
Para dejar de sobrevivir
y empezar —por fin— a vivir.
Hoy me reinvento.
Y lo haré como se me dé la gana.

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