Esta es nuestra manada

DEBERÍA ORDENAR MIS LIBROS...


Debería ordenar mis libros

por orden de lectura o de no lectura.


Una estantería grande y espléndida

 y para mis mejores libros leídos

algunos subrayados hasta dos o tres veces

y otros que permanecen impolutos y tal como llegaron al mundo.


Otra estantería más pequeña y menos ostentosa,

para los que me quedan pendientes de ser leídos

y que me supongo que algún día, leeré.


Y otra estantería y última, fuera aparte,

separada de las otras dos por una clara y manifiesta bolsa de aire

y para marcar distancia y poner tierra de por medio,

para los libros que nunca jamás, leeré,

sería mi librería de libros malditos

y condenados a morir en la hoguera de mi indiferencia.

BOSQUEJO DE UNA BIOGRAFÍA DE CUALQUIERA (Pedro Andreu)

 




A los cuatro, me escapé de la guardería

para perseguir gatos abandonados en el parque.

A los diez le abrí la cabeza a mi mejor amigo

con un ladrillo: cien puntos. Y una vida extra de milagro.

A los doce nos desahuciaron del piso

y mi padre ocupó un motel abandonado a las afueras.

Nos daba de comer latas que calentaba

en un hornillo en el aparcamiento.

A los trece descubrí que la literatura

era un pájaro negro que devoraba por dentro

mis gusanos. A los quince me largué a Barcelona.

Y la guardia civil llevándome de vuelta a los seis días.

Y mi madre llorando. Y la única vez que me pegó mi padre.

Nunca me olvidaré del cinturón de cuero entre sus manos.

Hecho en España a mitad de los ochenta.

A los diecisiete conocí las drogas y el amor,

que corría sin cabeza por el patio, como el pavo

de navidad al que mi abuelo cortó el cuello

de un tajo con un hacha.

A los veinte abandoné una carrera y me largué

catorce meses a las playas de Bali a fumar marihuana

y a pensar que la vida era una carabela

portuguesa llamándome.

A los veintiséis enterramos a mi padre

debajo de una higuera.

A los treinta he vivido con la mujer más rubia

que nunca había imaginado.

A los cuarenta visito cada sábado a mi madre,

que vive en una residencia para ancianos.

Me la llevo a comer a restaurantes familiares

y dejo que me hable de la vida como si desde las afueras

todo fuera más nítido y lejano,

y a momentos parece

un perro que persigue su cola hacia el alzheimer.

A los cincuenta, el futuro me espera.

No sé si llegaré jamás a los sesenta.

Nadie quiere tener setenta y siete años,

cuando los días han de ser una escopeta

descargando cada vez más cerca de tus pies.

Mi abuela vivió ciento catorce años.

Parece que a la muerte le temblaban las manos con ella.

Y que tardó bastante en acertar su corazón de porcelana roja.



Pedro Andreu

54. «Carta a una señorita en París», de Julio Cortázar

RESULTA QUE...




Resulta que mientras navegaba dentro de mi imaginación,
ocurrieron hechos terribles.

Mi vecino de enfrente se enfermó
y a los pocos días la espichó.

A un policía local de mi pueblo,
le dio un ictus y medio cerebro se le acabó pudriendo.
Ahora supura trozos por las orejas y ojos.

Hay algo extraño dentro de mi,
será un cuerpo extraño,
será un objeto volante sin identificar,
o será mi alma que se ha vuelto extraña.

En resumidas cuentas,
mi vecino de enfrenté la palmó,
el policía local lleva meses mirando al mismo punto fijo,
y de andar, creo que nada,
dicen que como mucho
podrá arrastrar su cuerpo demoníaco de la cama al baño.

Y en cuanto a mi,
circulo sin alma
y no observo signos
de poder recuperarla.

CONTRA EL MAR (Ramón Rodríguez Pérez)

 












La casa del padre - Ramón Rodríguez Pérez

Hay libros por los que no pasa el tiempo y hay libros en los que no hay tiempo. Hay libros en los que acecha un bosque para, al abrirlos, agarrarse de tu laringe  y enroscarse a ella como un vencejo. Hay otoño, caramba. Escribir también es querer curarse. Leer también es querer curarse. "La casa del padre" (Ramón Rodríguez Pérez) tiene una curiosidad: bajo el agua se vuelve agua y se vuelve barco. Hay sensibilidad.  Dejo un poema:


CONTRA EL MAR


Deja al mar como lo que es:

la tristeza del pájaro

la soledad del mástil

vasto pudridero de sueños

y desagües


Deja al mar y su largo aliento

esa mortaja de espuma

incendiada de palabras

y nombres


Deja al mar como lo que es,

como lo que siempre ha sido

un osario de buques sin dueño ni bandera

eso que tu hijo con su lápiz representa:

una raya,

                una simple línea en su cuaderno.


¡NO VOLVIERAS!



 No hay nostalgia en modo no estar,

hay sólo un paisaje lunar

y piedras y mar,

y el faro que lucía su torso desnudo,

y las culebras que supongo que por allí, habría

y los pájaros y los insectos,

y alguna gaviota emitiendo desesperados graznidos.


Y donde no había casi nada

aparece un mundo,

un mundo que no es nuevo

y porque estaba, ahí.


Era cuestión de levantar una piedra

o de tirarla al más allá.

Era cuestión de ponerse a gritar

o de aplaudir al viento

y toda esa vida escondida

saldría dispuesta a invitarte

a que te fueras y que por favor

¡no volvieras!.

O VENTO (Fabio Morábito)

 


Fabio Morábito (O vento)





El viento, mas
que yo,
se fuma este cigarro
entre mis dedos,
dejándome el placer
de sólo tres o cuatro bocanadas,
y el mar expropia las palabras
que te digo,
porque, acostada, no me oyes.
El sol, el viento y la marea
te ensordecen
y cuando me levanto
para dar dos pasos,
viendo mis huellas que se imprimen
en la arena,
pienso que esas pisadas mienten,
que ya no piso así
desde hace no sé cuándo;
son huellas de otro
que sobrevive en mis pisadas; pues las mías
son mucho menos elocuentes.
Tú, en cambio, que me ves
completo e indivisible,
sabes mejor que nadie cómo soy mortal,
cómo mis huellas en la arena me describen
y cómo se plasma en ellas lo que soy,
sabes mejor que nadie cómo no escucharme.


Fabio Morábito

MIEDO (Juan J. Millás)


Navalni, el opositor ruso envenenado por las autoridades competentes, salió del coma, le quitaron el respirador artificial y estuvo un día respirando por sí solo. Contó en las redes sociales que no podía hacer otra cosa que respirar, porque se encontraba muy débil todavía, para añadir que la respiración estaba subestimada. Según leía la noticia, me hacía consciente de mi propia respiración, lo que me colocó al borde de un ataque de angustia. A los dos minutos estaba jadeando. Me ocurría en las clases de meditación, que tuve que abandonar porque el maestro nos pedía que nos fijáramos exclusivamente en el movimiento pulmonar. Darte cuenta de que respiras equivale a saber que puedes dejar de hacerlo en cualquier instante. Como cuando pienso en los latidos del corazón: parece un milagro que no se hayan detenido nunca a lo largo de mi ya larga existencia. No hay motor que resista tanto sin calarse.

Hace poco, en una tienda de Ikea, tropecé con el clásico Pöang, ese sillón que se mantiene milagrosamente sobre un esqueleto, en apariencia muy débil, de madera. Una especie de robot aporreaba una y otra vez su asiento, imitando el golpe de un cuerpo al dejarse caer sobre él, sin que su estructura se deformara. Según la información adjunta, llevaba miles o millones de golpes. Permanecí hipnotizado frente al espectáculo hasta que mi ritmo cardíaco se acompasó al de la máquina golpeadora mientras respiraba ansiosamente a la espera de que el mueble, en una de esas, se quebrara. Pero no se quebró. Abandoné el establecimiento por una de las puertas de emergencia y regresé al coche, donde estuve un rato combatiendo la ansiedad proporcionada por aquella extrañísima experiencia.

Es verdad que la respiración está subestimada. Y la digestión, y el parpadeo, y la capacidad de salivar. La otra noche me desperté a las cuatro de la madrugada con la boca seca, pero fue mover un poco la lengua para estimular las glándulas sublinguales y la humedad regresó al instante. Vivir está subestimado si pensamos que ahora mismo hay miles de infartos cerebrales en marcha. Que uno de ellos te toque a ti en vez de al vecino es una cuestión de suerte. Este artículo era para meterme con el Kremlin, pero me ha dado miedo, no vaya a ser que me envenenen.

JAIME GIL DE BIEDMA

 

Jaime Gil de Biedma



Jaime Gil de Biedma, el poeta que quería ser poema. - LOFF.IT Biografía,  citas, frases.



 ¿Fue posible que yo no te supiera...

¿Fue posible que yo no te supiera
cerca de mí, perdido en las miradas?

Los ojos me dolían de esperar.
Pasaste.

Si apareciendo entonces
me hubieras revelado
el país verdadero en que habitabas!

Pero pasaste
como un Dios destruido.

Sola, después, de lo negro surgía
tu mirada.


SOY DEL NORTE


Resulta que yo soy del norte

del norte de tu vida y más lo soy, de la mía.


Yo te conocí en el norte,

en el noroeste y para ser más concreto,

después, nos fuimos un poco más al sur

y acabamos en el más sur que yo me pude imaginar.


Sur del todo

e imposible ser más del sur del que nos habían dibujado en los mapas,

y porque más al sur estaba otro planeta

al que llamaban África

y sonaba tanto, 

porque estaba lleno de muertos de hambre

que reclamaban ser medio muertos de hambre

y por ser tan humanos como tú y yo.


Y así fue y hasta que nos llamó el este,

el este con su eterna medianía de media luna entre llena y vacía

y su sol naciente que salía de entre nuestros dientes

y entre de las serpientes que saltaban por los matojos del oriente.


En realidad fuimos gigantes,

nos enfrentamos a nuestros peores temores,

hicimos nuestra propia tribu

y que ¡gran tribu!

y al final,

resultó ser que nos quisimos como nunca nos hemos querido

y ni antes ni después ni ahora...


Yo te pido perdón

por todo el rosario de mis malas historias

y te juro que si pudiera

te levantaría un monumento

en la plaza mayor de mi pequeño y hermoso pueblo,

pondría

"en honor a la más bella persona que he conocido".


Y sin más, me iría a descansar

y con la sensación del deber cumplido

y con la remota idea

de que por fin dije lo que tenía decir.

A. Muñoz Molina, "La dama y el unicornio"

"Los gatos y los unicornios son los dos animales más hermosos que haya inventado nunca la literatura. De los unicornios, tenues criatur...