GONZALO ROJAS


 

Fernando Portolés Reboul

Cuando era pequeño, algunos días acompañaba a mi madre al mercado.
Lo que más me gustaba era ir a la pescadería. Me quedaba embobado mirando cómo subían los caracoles por la pared de azulejos. A veces, salía el pescadero por fuera del puesto, con aquel mandil de rayas horizontales negras y verdes, y regaba el suelo con una manguera.
- ¿La última? - preguntaba mi madre cuando llegábamos. Y nos quedábamos esperando nuestro turno.
El pescado venía, entre escamas de hielo, en cajas de madera. Y si había que cambiarlas de sitio, el pescadero sacaba un gancho afilado de hierro con una empuñadura de madera en forma de 't' que clavaba con un golpe seco. Aquello me impresionaba mucho.
- ¿Qué pasa, chorbo? - me decía al verme mientras cargaba con la caja.
Entre la clientela del mercado casi nunca había hombres, pero a veces veía a un señor, espigado y serio, esperando en alguno de los puestos. Vestía un chándal Adidas azul oscuro, muy de la época, con una doble raya blanca en brazos y piernas. De los que se utilizaban para hacer 'footing', como se decía entonces.
En la frutería había muchas menos cosas de las que hay ahora. No había kiwis, por ejemplo. Y no existía la variedad de lechugas que hay hoy. Por cierto, cuando mi madre compraba una, llenaba el fregadero de la cocina y la ponía a remojar con una gotita de lejía. Había un anuncio en televisión que lo decía.
Cuántas cosas, tan normales hoy, simplemente no existían entonces. No me refiero a inventos tecnológicos, sino a cosas que había en otros sitios y aquí no. Como sucedía con los calamares cuando vivía en Inglaterra (a mis compañeros ingleses les daban arcadas) o la Fanta de limón en Portugal (no olvidaré nunca la cara de estar viendo a un extraterrestre que me puso un camarero portugués cuando le pedí una).
La lista de cosas inexistentes en aquellos años sería interminable.
Recuerdo que un día mi padre llegó a casa con un paquete que tenía dentro unos frutos secos extraños que parecían venir con la cáscara medio abierta.
- Se llaman pistachos - nos explicó abriendo uno - Me los ha traído mi amigo Bernard de Argelia.
Eran los tiempos del yogur en frasco de cristal y del agua de Solares con aquel sabor tan extraño.
En fin, hoy me ha salido un relato de esos sin dirección ni fundamento, pero lustroso, espero. Como los melocotones de Calanda.
Y sólo he hablado de las cosas de alimentación. No he mencionado todos esos otros 'inventos modernos', como decía mi abuela, de fuera de la cocina. Como las bermudas, Halloween o los edredones. Estos últimos los descubrí yo en Inglaterra, por cierto, junto con la moqueta en el baño o las judías pintas con salsa de tomate para desayunar.
En fin, así lo viví yo. Con fascinación en cada nuevo descubrimiento. Y, a veces, con un poquito de envidia, como cuando me enteré de que en la casa de muchos compañeros llegaba Papá Noel y por la mía no aparecía nunca.
- Es que nosotros no tenemos chimenea - me decía mi padre con lógica aplastante - Aquí sólo vienen los Reyes Magos, que se hacen pequeñitos y entran por la cerradura.
Con camellos y todo.
Hoy, un beso. Como en la foto.

Ahora vivo dentro de mi vejez

Ahora vivo dentro de mi vejez

 a veces contento con mi forma de ser y de existir

en otras sobrevivo difuminado en mi propia nube

desde luego ahora,  las alegrías son más cortas

más esporádicas

ni son más sencillas ni más complicadas

son simplemente alegrías de un tío viejo

son diferentes como lo fueron en cada etapa de mi vida

sólo pasa que en la vejez

tu conocimiento no se corresponde con tu fuerza física

porque mientras uno va en aumento

el otro va en caída libre

y hasta que se convierta en un amasijo de carne y hueso..

¿El ánimo?...

el ánimo es demasiado perverso

y por la mañana te despiertas desanimado

y a veces llega la noche

y estás en las mismas nubes

o al revés ¿qué más da?.

Yo siempre funcioné a base del ánimo

y ahora me cuesta mucho más encontrar ese mínimo

 indispensable

o ese ánimo que me ayude a volar a más altura que antes

o que simplemente me de la placidez del sentirme bien.

Ahora mismo estaba pensando

que uno de los pilares para encontrarse mejor en la vejez

es mantener un orden en el pensamiento

ver, observar y planificar

y mantener y ahora más que nunca

que cumplirás lo previamente planificado.

Ahora ya no hay

el si no es hoy será mañana

y porque puede que ese mañana ya no exista

y por eso cada día

hay que dejarlo todo atado y bien atado.

A veces me gustaría sentirme un pobre viejo

que principalmente, demanda cariño

o un buenos días simples y cariñosos

o una hermosa caricia sobre lo que era tu pelo

o un guiño de complicidad...

Pero me temo que tengo que reconocer

¡que no puedo!

mis ganas de amar se están agotando

mis deudas de amor me están reclamando

y ¿porqué no decirlo?

estoy casi seco de sentimientos

y entonces

¿qué es lo que puedo pedir?.

Antes hacías un plan quinquenal de este tipo

y con suerte te duraba la cosa para más de 10 años,

pero ahora las cosas cambian cada mes

y por no decir, cada día

y como mínimo tendrás que elaborar

un plan cada 15 días.

Aunque también es verdad

que no surgen tantas cosas como antes surgían,

aquellas preocupaciones laborales,

la educación de tus hijos que eran tan pequeños,

el papel que antes tenías socialmente

y que ahora, has dejado de tener.

Porque tengo que decirlo claramente

yo me he anulado en todo

menos en lo de escribir.

¿Y eso no sé si es bueno

o muy malo?.

Pero mi instinto me está diciendo...

que vas por mal camino.

Anne Sexton

 

 "Entonces llegó mi rival de ojos oscuros.
La dama acuática, irguiéndose en la playa,
un piano en la yema de los dedos, vergüenza
en los labios y una voz de flauta.
Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada.
De noche, sola, me caso con la cama.
Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí como se rompen las piedras.
Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar.
El periódico de hoy dice que se han casado.
De noche, sola, me caso con la cama".

A. Muñoz Molina, "La dama y el unicornio"

"Los gatos y los unicornios son los dos animales más hermosos que haya inventado nunca la literatura. De los unicornios, tenues criaturas albinas, se conoce su invencible propensión a la melancolía y una timidez que algunas veces termina por volverlos invisibles, de tal modo que andan siempre huyendo de la mirada de los hombres y sólo se acercan apaciblemente, y aun se dejan acariciar, por las muchachas núbiles. Robinson me ha dicho que en la lejanía de algunos atardeceres granadinos puede verse a veces galopar a un unicornio cuyo pelo blanco se confunde con la niebla de la tarde, y que no se parece en nada a esa cabra lamentable que un periódico reciente ha querido hacernos pasar por unicornio. Sé que Apolodoro guarda en la alacena más secreta de su casa un vaso hecho con el cuerno de tan melancólico animal, que tiene la virtud, según los bestiarios antiguos y la muy docta enciclopedia Espasa, de ser un antídoto infalible contra cualquier veneno que se vierta en él.
De los unicornios, en suma, se sabe que son tímidos, que no existen, que algunas veces tienen crines escarlata.

De los gatos no se sabe prácticamente nada. En las tumbas egipcias hay gatos de bronce que han permanecido inmóviles durante tres mil años, como parados en medio del otro mundo, y parecen a punto de despertar de su sueño para deslizarse entre los sarcófagos y la sombra, pero su presencia no es menos remota para nosotros que la de cualquier gato que nos mire fijamente en una esquina de la noche. Gatos inquietantes deambulan por las mejores páginas de la literatura, rozándose entre sí sin advertirse nunca, como los gatos innumerables que al anochecer se adueñan de los laberintos y ruinas del Coliseo de Roma, ruedo lunar donde parecen haberse congregado todos los gatos de este mundo, desde el gato negro de Edgar Allan Poe y los gatos golfos de los sonetos de Alberti hasta el gato doctoral de Julio Cortázar, que se llama Theodor W. Adorno y debe ser pariente lejano de un gato de porcelana que tiene Apolodoro como única compañía y que responde al peregrino nombre de Lao-Tse".

SOL Y SAL Y POCO MÁS.

10 años dejándome los dedos en el teclado
y la verdad,
es que esperaba más de todo esto.
Algún día y por no decir muchos días
pensé que todos mis escritos y poemas
no llegarían a premio nobel...
pero de alguna manera me quedé colgado del pero casi
es decir,
tendría que camuflarme por las calles de mi ciudad
y desaparecer cuando el sol me diera de cara.
Y nada de esto ha pasado,
y soy tan desconocido como lo era antes
y grito y a nadie le interesa porqué grito
y lucho y me he quedado sin dientes y hasta sin ganas
y escribo y apenas digo lo que pretendía decir.
Yo,
me sitúo frente al mar,
blandiendo mi espada de fuego
y siendo sincero
con las espaldas quemadas por tanto sol.
Al final
sol y sal y poco más.

ANTES Y AHORA

Antes no me pasaba

pero es que antes no soñaba con ser un río

y en cambio ahora

siento que mi cuerpo y mis pensamientos son cada día más

 fluídos

 o son más de río

escucho con más nitídez la sutileza del mar

por cierto, la siento cada vez más cerca de mí

oigo sus rugidos de olas reventándose contra la arena, 

también percibo como los desesperados graznidos de

 gaviotas 

 van oradando mis sensibles oídos

y percibo los imaginarios aullidos del viento

pasando entre las rocas.

Me siento como si estuviera metido

en un río antes de dar su última curva sinuosa

para por fin, poder morir en el mar.

Siento que ahora, 

hay nuevas corrientes submarinas

que cada vez tiran más de mí

y que es el mar el que va tomando el mando

además, el agua ya no es tan dulce como lo era antes

el lodo del fondo se va transformando en arena fina, blanca y

 movediza

y mi cuerpo puede flotar un poco más que antes

pero eso no me salvará de que me hundiré igualmente

y sé que nunca podré decir

que mi último sorbo no será de agua marina

ni que mi último grito será debajo del agua

y pidiendo socorro...

me tragaré a la vez

los tres mares que he tenido en mi vida

empezaré por el océano Atlántico

seguiré por el mar Mediterráneo

y acabaré, por desecar el mar de mis lágrimas

y a partir de ahí

iré reposando mis huesos y carnes en el fondo marino

y como colofón dejaré a toda la tierra seca desde el Este hasta

 el Oeste

y pasado un prudente tiempo, 

se presentará un maremoto  que se producirá próximamente 

y a la vez mi cuerpo será arrastrado

por esas inmensas corrientes submarinas

y hasta depositarme en una fosa Atlántica

y allí me quedaré para siempre

y esperando que se acerque otra criatura

marina

que tenga tantas ganas de querer

como las que tengo yo.

DEREK WALCOTT. "Desenlace"

Yo vivo solo
al borde del agua sin esposa ni hijos.
He girado en torno a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:
una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.
Mas somos lo que hemos hecho.
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad
de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a
la poesía sino buenos sentimientos,
ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa,
podemos sentarnos a mirar las aguas grises,
y en una vida inmaculada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.
Voy a olvidar la sensibilidad,
olvidaré mi talento. Eso será más grande
y más difícil que lo que pasa por ser la vida.

NO HAY PRIMAVERA SIN OTOÑO Y SIN INVIERNO

 

No hay primavera sin otoño y sin invierno,

como no hay llegada sin previa salida.

Ahora, en éste instante,

estoy a la espera de que el otoño me abrace

y me envuelva en sus húmedos y suaves dedos.

Deseo sus días cortos y

sus noches largas y eternas

que me llenan de esperanza.

Suspiro por sus días de lluvia intensa,

por su caricia viscosa y erótica,

por sus hojas caducas adornando el viejo suelo que las

esperaba desde hace demasiado tiempo,

por sus cielos atormentados por tanta lucha

entre el ser y el no ser.

Deseo el otoño, de veras así lo deseo,

deseo su luz tenue, su luz fluctuante de vela,

sus sombras alargadas a media mañana,

su sol tímido y apocado,

que templa pero no molesta.

Su mar, opaco, melancólico, triste y amenazante,

sus colores vivos, que se combinan con los que se están

muriendo,

su marrón claro y oscuro,

su verde de helecho y musgo,

su azul más tenebroso

y su amarillo que avisa que se cambia de ciclo,
su caída de ojos de verde olivo,
su canto a la muerte y a la vez, a la vida que la está germinando,
su orgasmo siempre húmedo y frío,
y
su saber de puro conocimiento mágico.
Es la estación de mirarse al espejo,
de dibujar tus mejores contornos,
de poner tu alma a remojo
y dejarla allí, en reposo,
es la estación de lavar tus peores heridas,
de rezar a escondidas
o de no esconderte y decir que no eres creyente.
Es el momento de sacar la conciencia del armario secreto,
y así transitar hacia el duro e intenso invierno.
En el otoño, yo me quito la piel,
la piel del verano,
esa piel herida por tanto maltrato.
y en otoño y poco a poco yo me voy vistiendo de invierno,
me visto con un traje de piel nueva recién estrenada,
blanca de limpia,
suave de tierna,
fresca de nueva,
me la pongo con sus relucientes escamas,
me la pongo y la piel se adhiere a mi carne,
me la pongo y la piel y la carne,
se hacen uña y carne,
se hacen inseparables,
si se arranca la piel, se arranca la carne,
sólo con la caricia primaveral y sólo con ella,
yo por fin, podré quitarme mi coraza invernal,
siempre y cuando yo cumpla lo pactado,
y ese pacto, consiste en que siempre me despediré primero,
del duro y frío invierno
y en ese mismo día y en esa misma fecha
ya estaré deseando que se acerque el próximo viaje otoñal.

DICEN...

Dicen que el que persiste e insiste... al final lo consigue... Yo llevo más de 6 largos años persistiendo e insistiendo y con una fe rozando...