En el pueblo donde vivía en "A costa da morte" se llamaba Corcubión. Precioso pueblo lo miraras como lo miraras y sobre todo si venías desde el pueblo anterior, el pueblo de Cee que era todo un monumento al feísmo gallego y viniendo de Cee y justo al pasar una curva bastante cerrada de repente te encontrabas con la excelsa belleza de Corcubión. Un pueblo que se había estirado a lo largo de su costa y por eso era mucho más largo que ancho y que tenía un pequeño pero exquisito puerto donde los pocos barcos de pesca que quedaban, iban depositando su carga (la foto es más moderna que en aquellos alejados tiempos y se puede ver un puerto mucho más grande). Siguiendo la costa y más allá del puerto, había una zona de casas que daban al mar y como a 500 metros del puerto estaba la playa de Corcubión, la playa de Quenxe, que era una pequeña playa pero a la vez era muy acogedora, aunque todo hay que decirlo, muy pocas veces ví que alguien se bañara en sus aguas. Pero claro, habiendo a pocos kilómetros playas maravillosas, de una belleza casi salvaje y hasta donde te podías bañarte en pelotas si es que eso querías, pues en fin que la playa de Quenxe estaba muy bien, pero poca competencia podía ofrecer ante el resto de esas maravillosas playas.
Y allí mismo, sobre la playa de Quenxe, estaba mi sitio preferido y que fue mi verdadera debilidad, que se llamaba "Camping de las hortensias", que por cierto de camping no tenía nada y las hortensias brillaban por su ausencia. Pero en sus tiempos debió ser un proyecto de camping que después se quedó en proyecto y también es de suponer que en sus inicios estaría adornado con cuantiosas hortensias que se daban muy fácilmente en otras zonas del pueblo. El sitio era precioso, con una maravillosas vistas al mar y estaba decorado de tal manera, que parecía transportarte en el tiempo y no sé, pero a mí me hacía retroceder por lo menos, a 20 años atrás. Tenía una larguísima barra de bar, unas cuantas mesas para comer o sólamente para tomarse un café o una cerveza y así disfrutar de aquellas hermosas vistas. Pero además tenía una gran terraza que daba a la playa directamente y hasta podías escuchar al mar. Yo, la primera vez que lo ví y estuve allí, pensé que que toda esa belleza que emanaba el sitio, era un imposible que yo sólo me quería creer y como esa vez fuí sólo, me aposté en la barra del bar y casi me tuvieron que echar del bar. Yo entiendo que la belleza es demasiado difícil de medir y que cada cual se la toma de una forma o de la otra, pero yo ese día que fuí por primera vez, me dije a mi mismo, éste es y será mi sitio. Y aún encima mi casa estaba a pocos metros de allí y hasta después y pasado un cierto tiempo, no sabía cual era mi verdadera casa. Era tal el cariño que le tenía al sitio, que si me dejaran dormir en él, no me lo pensaría dos veces. Hay sitios y lugares que te enamoran a primera vista y éste era uno de ellos.
Después, ya iba a comer, a veces a cenar o a tomarme una copa de más cuando llegaba la noche. Y digo una copa de más, porque de aquellas bebía como un cosaco, pero sobre todo era bebedor de fin de semana. Y menos mal, me digo ahora y porque si no aquél ritmo de bebedor de fin de semana si lo hubiera pasado a ritmo diario, seguro que ahora no seguiría vivo. En un fin de semana, me bebía hasta el agua de los jarrones que contenían flores y por si ese agua, tuviera algo de alcohol. De todas formas a pocos metros (como a unos 100 metros) del Camping estaba el Cementerio municipal, que quedaba justo en el medio entre mi casa y el Camping. Tampoco era de los más hermosos Cementerios que yo había visto a lo largo de mi vida, pero tampoco era de los peores y como a mí me encantan los Cementerios, pues de vez en cuando entraba en él y para así disfrutar de su ambiente tan especial y tan entrañable que en mi caso, me producen todos los Cementerios del mundo. No hay un Cementerio que repudie del todo y porque siempre le encuentro un punto por el que me llega a gustar. Es muy poderoso todo el silencio de los muertos, aunque seguro que cuando no quede nadie en el cementerio, tendrán sus propias conversaciones, sólo que las tendrán en otro idioma de otra dimensión.
El pueblo de Corcubión, no era un alarde de alegría desbordante y al llegar la tarde noche lo único que te podía ofrecer el pueblo, eran sus cuatro bares abiertos y bueno también había un pub al que muchas veces íbamos y ese era el único pub del pueblo. "La Gavilla" se llamaba y creo que se sigue llamando así. Acogedor, decorado con mucho cariño y buen gusto, más o menos con buena música, sus dueños eran unas buenísimas y bellísimas personas y bueno, ellos no saben como les agradezco que allí dentro me hubieran dado tan hermoso cobijo y que de aquellas me salvó de morir de tanto aburrimiento que padecía. Porque es verdad que de aquellas me aburría y porque me había dejado ir en muchas cosas y había dejado hasta de leer o de poder disfrutar mucho mejor y con muchas más ganas de todo el bello paisaje que me rodeaba. Tengo la sensación de que en toda mi vida había desperdiciado tanto tiempo como cuando vivía en aquél pueblo. La belleza de la zona era desbordante y manda carallo y sabiendo eso, yo me aburría igualmente. Hay cosas en ésta vida que uno hace y que nunca serán comprendidas y ni ahora ni nunca y ni siquiera en la próxima vida.
Pero ese pueblo y todos sus alrededores (los que forman a Costa da Morte) me regalaron tanta belleza, que yo sabía que era imposible que no me hubiera quedado con parte de ella. Ahora bien, todo esto que os he contado, es muy bucólico y suena más a cuento de hadas que a otra cosa y lo digo porque A Costa da Morte tiene un clima del mil pares de cojones. Todo temporal que pasara por el Atlántico hacía su paradiña correspondiente en ese extremo de la costa noroeste de Galicia y casi todos los días llovía a mares y el viento se convertía fácilmente en un fuerte y desmesurado vendaval que se lo llevaba todo por delante y en el más crudo invierno te quedabas sin luz varias veces a la semana y venga a tirar de velas y venga a tirar de ánimos y por eso un día de sol, era un estupendo día de celebración y salía casi todo el pueblo a pasear y a celebrarlo con un hermoso paseo. Después vendría el verano, que siempre llegaba con demasiado retraso y pensabas que ibas a tener un par de meses de verano y la realidad te metía de nuevo, una bofetada que te cagas y una semana de sol y dos semanas nublado o lloviendo y tres días más de sol y ya se había acabado el dichoso verano. A festa da Xunqueira que acababa el día 16 de agosto, te marcaba el punto final y definitivo y con una especie de frase lapidaria: "Despois da Xunqueira o inverno se cheira" y en 4 años que viví en la zona, nunca falló esa predicción. Y a primeros de Septiempre entraba por mi casa el primer tractor de leña y hasta a finales del mes de Junio nunca dejaron de entrar y ahí pude entender y perfectamente, lo que era un auténtico invierno largo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario