Hay personas que entran en nuestra vida y provocan una sensación difícil de explicar. No es exactamente sorpresa, ni fascinación, ni siquiera esa atracción que tantas veces confundimos con el amor. Es algo más profundo, como si una parte de nosotros reconociera en esa presencia algo que la razón no consigue identificar. Cuando me ocurre, me pregunto si realmente estamos conociendo a alguien o si, de alguna manera, estamos volviendo a encontrarnos. Me gusta pensar que algunos vínculos no comienzan en el instante en que dos personas se cruzan. Tal vez traigan consigo una historia que desconocemos, una familiaridad que no pasa por la memoria consciente, pero que se manifiesta en la manera en que nos miramos, en la facilidad con la que nos mostramos tal como somos o en esa extraña sensación de poder ser quienes somos sin necesidad de explicarnos. No sé si son encuentros de otras vidas, como creo que es posible, o si la profundidad de nuestra sensibilidad nos permite reconocer en el otro algo que nunca hemos sabido nombrar. Sin embargo, sé que existen personas ante las cuales el tiempo parece perder importancia y la intimidad surge sin seguir los caminos habituales del acercamiento. Pero hay algo que considero esencial: no todos los encuentros que nos parecen predestinados están destinados a permanecer. Algunos llegan para despertarnos, otros para enfrentarnos a aquello que todavía necesitamos comprender y otros, simplemente, para devolvernos una parte de nosotros mismos que creíamos perdida. La intensidad de un vínculo no garantiza su duración, del mismo modo que la brevedad de un encuentro no disminuye su profundidad. Uno de los mayores misterios de las relaciones humanas consiste en no saber por qué ciertas personas nos llegan tan profundamente, mientras que otras, a pesar de toda su cercanía, nunca consiguen llegar verdaderamente hasta nosotros. Si existen encuentros que atraviesan vidas, quizá no sea para que repitamos las mismas historias, sino para que reconozcamos, a través de alguien, aquello que nuestra alma todavía intenta comprender. Porque hay presencias que no conseguimos explicar mediante la lógica del encuentro, pero que el corazón reconoce como si la despedida nunca hubiera sido definitiva.
— José Micard Teixeira
Hay almas que se reconocen antes de que la memoria consiga explicar por qué.
