otoño de hermosas setas
pero de paso apresurado.
Luces hay muy pocas
sombras muchas y quizá, demasiadas
paisajes bestiales y bravos,
se augura tormenta como casi todos los días del año,
tormenta ruidosa y exuberante de truenos y rayos,
cortes de luz a cada hora,
cocinar medio oscuras, con una mano
y con una vela, en la otra
encender la chimenea,
dejarla encendida toda la noche y hasta el amanecer,
levantarse con el frío húmedo en los huesos,
pensar que fuera debía salir el sol,
pero el sol se ha vestido de gris amenazante,
y lloverá
y claro que lloverá
y como llovió siempre,
a mares y a ríos...
Mientras se van encendiendo las luces del pueblo,
el ayuntamiento sale de su letargo,
el juzgado empieza a juzgar
el centro de salud,
la luz del bar de la mañana lleva toda la noche encendida,
será como una especie de reclamo,
el café es malo sin condiciones
las tostadas están hechas con los pies,
ahora bien, las vistas al mar son alucinantes
y se puede desayunar entre graznidos de gaviotas...
a la vista ternemos cuatro pescadores despistados,
que saldrán a faenar como casi todos los días.
Y ya camino a mi trabajo
observo de nuevo, la gran belleza de este pueblo,
hay un hórreo precioso a mano izquierda,
una iglesia románica que aparenta más de lo que es,
y cuatro casa acristaladas que le dan porte y señorío,
lo demás es un puzle de casas y calles mal planificadas,
dos calles largas cruzan el pueblo,
el puerto pesquero demuestra que parte de él, vive del mar
y que la otra parte, vive del cuento,
pero nadie dice nada de esta parte de este cuento
y mientras el señor alcalde
habla de la tierra de los mil ríos
(se refiere a mi Galicia natal),
pero esa bonita frase dicha con la repetición de un martillo pilón,
llega a desquiciar a cualquiera,
pero todo cuadra
si nos imaginamos que estoy viviendo
en el lugar casi más apartado del mundo.
(se llama Corcubión y situado en "A Costa da Morte")