Ahora ya no soy ese ruiseñor que te despertaba por las
mañanas
aunque en realidad nunca lo fuí
y porque yo de ruiseñor tengo muy poco
no sé, pero creo que me parezco más a un tío
que a veces dice cosas por decir
que algunas otras veces, dice algo interesante
y que por fin en otras, no dice nada
y porque no tiene nada que decir.
Aunque y porque todo hay que decirlo
que lo que me resulta muy raro
es que yo no tenga nada que decir.
Claro que todas las palabras que me ahorro ahora
y porque en el día a día,
hablo con muy pocas personas
puede que todo ese montón de palabras que me estoy
ahorrando
las haya traspasado hasta aquí.
Y puede, no y seguro que es así.
Y por eso hablo por los codos y sin control ninguno
me despierto y ya estoy hablando conmigo
desayuno y sigo conectado conmigo
vuelvo a mi mesa de trabajo
y entonces pongo en marcha mi condensador de ideas
primero me enchufo y después me conecto
un condensador para que miles de ideas
se condensen en una sóla idea
pero como tengo millones de ideas en la cabeza
las condensaré en cientos de ideas
y que al estructurarlas en un orden determinado
seréis testigos del parto de un poema.
De un poema de los míos
y digo de los míos
porque yo los siento como míos
y porque los siento como carne de mis carnes
y como si ahora fueran mis nietos
mis nietos de letras, papel y tinta
y porque además, todos los días me piden
que los saque a pasear
que me dicen al oído, que les gusta mucho estar conmigo
y que disfrutan cuando los saco de esa especie de caja de
pandora
en la que ahora mismo están viviendo.
Les encanta el mar Mediterráneo
la suave tranquilidad de su calma
y ese sol dorado al final de la tarde
y cuando los demás mortales han emprendido el camino de
vuelta
y en ese mismo momento
de cuando en la playa ya no queda nadie
salvo esa gaviota emitiendo graznidos
salvo mis letras saltando olas
salvo yo mismo cuando no me pierdo entre mis disquisiciones.

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