Fernando Portolés Reboul

Los días que tocaba gimnasia intentaba tener fiebre. O, por lo menos, que lo pareciera.
No tenía habilidades deportivas. Mi mayor logro era la voltereta. Pero el plinto me aterraba y cuando se formaba la cola para saltarlo, intentaba quedarme el último por si me libraba. En las carreras alrededor del patio siempre me rezagaba y hacer el pino era un imposible para mí.
Por eso, cuando tocaba educación física, me levantaba arrastrando los pies, con los ojos entrecerrados y forzando una tos falsa que sonaba limpia como un violín.
- Mamá, creo que tengo fiebre - balbuceaba artificialmente, entrando en la cocina y poniéndome la mano en la frente.
Pero debía ser un actor malísimo porque mi madre siempre respondía lo mismo sin mirarme siquiera.
- Ni fiebre ni fiebra. Ponte el chándal, que se hace tarde.
- Pero, mira, tócame la frente, ya verás - insistía yo.
- Que te vistas.
Y acababa en gimnasia colgándome de las espalderas o jugando al balón-tiro.
Alguna vez conseguí que mi madre me pusiera el termómetro.
- Te lo pongo y después te vistes - decía, apagando mis ilusiones - Cinco minutos. No te muevas.
Pero en cuanto ella salía de la habitación, me lo quitaba y le echaba el aliento en la punta de mercurio para que subiera la temperatura. Naturalmente, aquello no funcionaba. Otras veces lo frotaba contra la sábana. Tampoco.
- Acércalo a una lámpara - me dijo uno de clase al que llamábamos el Cuco y que se sabía todas las trampas de la vida.
Pero yo nunca me atreví a hacerlo. Siempre me acordaba de Sergio, un compañero de los primeros cursos, al que le faltaba un dedo de la mano derecha.
- Me lo quemé por tocar una bombilla - me contó una vez.
Otros días me levantaba de la cama doblado por la cintura y agarrándome la tripa.
- Es que me duele mucho el estómago, mamá - gemía yo, mientras de reojo veía suspirar a mi madre poniendo los ojos en blanco y mirando al techo.
Entonces ella me tocaba la frente. Como si ahí estuviera la respuesta a todo. Porque en mi casa lo único que te libraba de ir al colegio era tener fiebre. Ese era el criterio único e inamovible. Si no tenías más de treinta y seis y medio, ya te podía haber arrancado el pie un tractor que no te librabas de ir a clase.
Pero sucedía que, a veces, tenía fiebre de verdad. Porque me acatarraba. Entonces los ojos se me ponían brillantes y las mejillas encendidas. No hacía falta disimular ni pedir el termómetro. Sonaba una tos seca y áspera, como el hollín de una chimenea. Se me quitaban las ganas de desayunar y me invadían las náuseas.
Y todo eso acababa en lo que más odiaba del mundo: una manzanilla. Remedio para todo.
- Tómatela - me decía mi madre dejando una taza humeante de agua amarilla sobre la mesita de noche.
- Es que no me gusta, mamá - decía yo con ojos de derrota.
- ¿Estás malo, no? Pues tómatela antes de que se enfríe - respondía ella inflexible.
Creo que aquellos resfriados de la infancia están detrás de mi fobia a las infusiones.
En fin, que no hay quien engañe a una madre y acabé aceptando el mal menor y yendo a gimnasia sin protestar.
Quién me iba a decir a mí que, después de tantos años, echaría de menos aquellos nervios delante del plinto. O los consejos del Cuco, aquel tunante pecoso de pelo negro. O la visión panorámica, desde la cama, de las ventanas del edificio de enfrente. Con fiebre de verdad.
Sí, hay días que lo echo de menos todo.
Menos la manzanilla.
Feliz fin de semana.

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