FERNANDO PORTOLÉS REBOUL


 - Hay tres emociones indisimulables: el miedo, la angustia y la envidia - dijo mi padre.

No hablaba conmigo, claro, yo sólo tenía nueve años y aún no entendía mucho esas cosas. Se lo dijo a mi madre. Él estaba de pie en la cocina, apoyado en el alféizar de la ventana que daba al patio de luces. Tenía una taza de café en la mano. Era domingo temprano. La primera luz del día llegaba hecha jirones por el patio de luces, seccionada en hilillos por los alambres de los tendederos.
Mi madre le escuchaba mientras hacía la masa de unas rosquillas de azúcar y limón. A todos nos encantaban.
Yo estaba desayunando. Más tarde íbamos a ir al Retiro con mis abuelos, que habían venido del pueblo. Iba acabando octubre y había que rebañar los últimos soles. El paseo sería el de siempre. Llegaríamos hasta el estanque y le daríamos una vuelta entera, caminando despacio, al paso de mi hermano pequeño, que se paraba con todo. Después, nos sentaríamos a tomar algo en la terraza que había en los jardines de Cecilio Rodríguez, junto a la verja.
Con el olor del horno se nos pasó media mañana y llegó la hora del vermú. Así lo decía mi abuela. Hacía frío en el Retiro. El cielo estaba blanco y olía al humo de leña de las castañeras.
Al pasar junto a unos columpios vi a un padre diciéndole a un niño pequeño que se tirara por el tobogán. Estaba sentado en la parte de arriba, donde empezaba la rampa. Había varios niños en la escalera esperando a que se decidiese. Pero él se agarraba a los bordes. No hablaba. Tenía la boca entreabierta y respiraba muy deprisa. Tenía los ojos muy abiertos. A punto de llorar.
Recuerdo esa misma sensación. Yo debía tener cinco años y alguien estaba empeñado en meterme en un corral con gallinas.
El miedo.
Seguimos con nuestro paseo. Llegamos al estanque. Junto al embarcadero vi a una chica joven. De unos veinte años. Parecía estar esperando a alguien. Seguramente a su novio. Estaba de pie y miraba con nerviosismo a uno y otro lado. Después miró el reloj. Y a los cinco segundos lo miró de nuevo. Estiraba el cuello como un cisne buscando en todas direcciones. Se mordía las mejillas por dentro.
Recuerdo un viernes que íbamos a ir al pueblo y mis abuelos nos tenían que recoger en el colegio. Se retrasaron un poco y yo estiraba el cuello así buscándoles.
La angustia.
Han pasado casi cincuenta años de aquel paseo. Y aquí estoy escribiendo. Es domingo y casi finales de octubre, como aquel día. Aunque donde vivo el frío se ha vuelto más remolón. Escribo libros. Y estos relatos. Y recibo mucho cariño.
Pero a veces, muy pocas, aparece el comentario de alguien que se cuela por la gatera y me deja algún intento de ofensa. 'Haters' les llaman. Aunque me gusta más traducido, es más contundente: 'odiadores'. No los veis mucho porque son pocos y los elimino (quiero decir que los bloqueo, no que envíe a Luca Brasi a que se encargue de ellos).
Es un empeño estéril porque nunca les respondo y lo olvido muy rápido, pero confieso que a veces me pregunto por qué lo hacen.
Y entonces, me acuerdo de aquella vez que, en el colegio, teníamos que entregar un dibujo. Yo había pintado a un niño subido a un árbol. Era muy bonito. Pero al volver del recreo me lo encontré arrugado, hecho una bola de papel sobre mi pupitre. Ese día sí lloré. Y me pregunté también por qué. Como ahora.
Ah, sí.
La envidia.
Feliz día.

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ANNE CARSON