Miyó Vestrini. "Blog Glup 2.0". Yo, la amada.

Ayer
llamé a mis amigos para celebrar
lo que yo creía era un festejo de nunca acabar.
Había
de golpe
recordado todo:
los años de la cervecería Boyacá
el deambular por las calles del centro
yo
la amada
la única
la que los amigos estrechan en sus brazos
olores dulces de ajenjo y frutas.
Compré el hielo
y pulí los muebles
llené la mesa de flores panes pastas y ajíes.
Los amigos habían muerto
en el primer frío de la madrugada*.
.

.

FERNANDO PORTOLÉS REBOUL


 Es otoño en el Retiro, pero aún no lo parece. Estamos todavía en esas semanas que se llenan de veranillos de santos.

Mi hermano y yo vamos con rebecas de punto y camisetas de marinero napolitano. Llevamos en las piernas unos calcetines de lana muy estirados hacia arriba. A veces miro con envidia a los mayores y sus pantalones largos.
Es domingo y estamos esperando a mis abuelos. Nos hemos sentado en las escaleras del estanque. Mi padre está haciendo fotos.
Abajo, junto a la barandilla, hay un señor mayor con un espejo de mano pintándose la cara de blanco, una sonrisa color carmín y la nariz roja. En el ojo derecho se ha dibujado una estrella negra.
Lleva unos pantalones y unos zapatos enormes. De un carro de la compra, como los que llevan las señoras al mercado, saca un sombrero de copa muy viejo. Hay un cartel que dice: "Diógenes, el mago payaso". Me ve y me hace una reverencia. Cuando termina de prepararse, sube las escaleras tirando del carro como puede. Le veo marcharse. Camina pesadamente, venciéndose a un lado y a otro.
Por fin llegan mis abuelos y damos el paseo de siempre. Vemos al señor de antes haciendo un número cómico con magia. Pequeños y grandes miran y se ríen. Nosotros no nos detenemos. Mi padre y mi abuelo van por delante hablando mientras dejan una fumarola de humo blanco por encima de sus cabezas. Yo voy de la mano de mi madre y camino retorciendo el cuello hacia el mago payaso.
Finalmente, salimos del Retiro y vamos a comer a Méndez, un restaurante que está en la calle de mis abuelos y que tiene a un camarero idéntico a Bing Crosby.
Las comidas en restaurantes siempre se me hacen largas. Hemos terminado el postre y los mayores siguen hablando, así que pongo los brazos en la mesa y apoyo la cabeza.
- Ponte recto - me dice cualquier mayor. Todos dicen las mismas cosas.
Los camareros llevan chaquetillas blancas abotonadas hasta el cuello y se mueven muy deprisa. Pero el señor que trae la cuenta lleva una americana negra con camisa blanca y corbata. Tiene un bigotito recto y poco pelo.
Mi padre intenta pagar, pero mi abuelo coge el platillo con la nota y lo levanta por encima de la cabeza mientras se saca del bolsillo de atrás del pantalón una cartera atada con una goma.
Siempre se pelean por la cuenta. Es muy gracioso. Cada vez gana uno la pelea. Mientras tanto, el señor de la chaqueta negra asiste con una media sonrisa a este frecuente juego de sus clientes.
Salimos a la calle. La tarde va cayendo y hace frío. Lo noto sobre todo en las rodillas. Los mayores hablan de tomar un café en algún sitio, pero la abuela dice que está cansada.
Entonces miro a la derecha y veo a un hombre que camina empujando un carro. Aunque se ha limpiado la cara y se ha quitado el disfraz, le reconozco. Se vence a derecha e izquierda. Aún le quedan debajo de los ojos restos de pintura blanca.
- Ustedes disculpen, señores - dice mientras pasa por donde estamos ocupando la acera.
Cuando me ve, se para y acerca su mano hasta mi oreja. Entonces, aparece una peseta entre sus dedos y me la da.
Miro la moneda impresionado y me toco la oreja. No me sale decir nada.
El hombre cruza hacia el bulevar.
- ¡Gracias, Diógenes! - le grito de repente.
Se da la vuelta. Abre el carro, saca el sombrero de copa y me hace otra reverencia. Sin sonrisa de carmín ni cara blanca.
Feliz fin de semana

ESTABA PENSANDO QUE DE TANTO PENSAR...

Estaba pensando que de tanto pensar me está cayendo el pelo y no es verdad porque caer ya no me cae, porque la nada adorna lo que fue mi cuero cabelludo, la nada de pelo, que no de pensamientos. El pelo no tiene sus raíces en el pensamiento, el pelo va por libre y sus raíces arraigan y crecen en la capa freática. Y es que sin pelo también eres persona y es que sin pelo no es que pienses más, pero si que tus visiones se hacen más claras. Y el que no se consuela, es porque no quiere...

La verdad es que sólo me gustó mi pelo cuando era un niño, mi lindo pelo rubio y liso y aún ahora estoy convencido que me sentaba muy bien. Pelo liso, rubio, muchas pecas en la cara y unos ojos verdes que ya quisieran otros. Pero entre los 8 a los 10 años, mi pelo se fue oscureciendo y cada día un poco más y además mi pelo fino y liso se fue ondulando y eso y aún no sé el porqué, no me gustaba nada. Aparte de que después llegó la adolescencia y mi piel y mi pelo se hicieron demasiado grasientos (causa hormonal), aparte de que empezaron los granos y espinillas a dar guerra. Y hubo una época corta en mi vida, en que yo no me gustaba para nada. Después y un tiempo más tarde, poco a poco me fuí reconciliando con el espejo y como de aquellas eran épocas donde importaba muy poco el físico que tenías (y de verdad, importaba poco) me fuí dejando el pelo largo y me daba exactamente igual que fuera liso, ondulado o rizado.

Con el dichoso pelo todo fue bien y hasta que cumplí los 26. Desde los 25 años se me habían juntado un montón de cosas: mi novia de la uni y yo nos habíamos dejado, me llegó la desilusión política y dejé el partido revolucionario en el que militaba e idelógicamente las pasé canutas. En la carrera se me habían acumulado varias asignaturas y ahora estaba sufriendo las consecuencias de haberme enfrentado verbalmente y repetidas veces a un profe cabrón que rezumaba odio hacia mi persona. Y casi logra hundirme del todo. Además fue una época en donde fumaba canutos casi a diario y porque me relajaba y porque la música me sonaba de otra manera. Y un día en que estaba fumando mi canuto diario, de repente se me cambió toda mi buena historia y pasó a ser mala o fatal. Bajaba al pub al que íbamos muchos días y me sentía observado por alguien, pero malamente observado y como si él que me observaba me quisiera hacer daño. Y hoy también está aquí y seguro que es para hacerme daño. Pero eso sólo lo veía yo. También me entraban ideas obsesivas que me impedían dormir. No paraba de darle vuelta a todas las cosas, hasta las nimias y a las que nunca les había dado importancia. Los insomnios se fueron haciendo mayores y por el día estaba mucho más cansado. Me angustiaba por muchas cosas y a veces el pulso se me aceleraba tanto que hasta pensaba que el corazón se me iba a salir por la boca. Tenía ataques de pánico en plena noche y eso me hacía salir a la calle y caminar como un poseso. Y una mañana cualquiera de aquellas, me peiné como hacía todos los días y ví que el peine estaba lleno de pelos y me alisaba el pelo con mis dedos y me llevaba un matojo de ellos y pronto entendí que me estaba volviendo calvo. Fue una época terrible y que la pasé fatal.

Tuve que dejar de fumar canutos, tuve que planificar mi vida como nunca lo había hecho antes, tuve que dejar a algunas personas que para mí eran tóxicas, tuve que hacer un plan para enfrentarme a todos mis demonios, tuve que cortarme el pelo al cero y para dejar de obsesionarme y tuve que hacerme otra persona de arriba a abajo y por dentro. Y en todo ese proceso de transformación, mi pelo fue creciendo de nuevo pero sin la fortaleza que tenía antes: se adivinaban fácilmente los claros frontales a los lados. Pero lo principal era, que aquella incipiente calvicie dejó de crecer.

Claro que más o menos a los 45 años, volvió a aparecer. Pero la gran diferencia que había, es que con 45 años me importaba un carajo que fuera para calvo.

LOCO ME TIENES

Loco me tienes
e insisto, me tienes loco,
loco de atar, loco de ir tras tus huellas,
loco de quererte con locura,
de amarte en el silencio que nos regala la distancia,
loco de besar la almohada donde apoyabas tu cabeza,
loco de ir tras tus sombras,
de añorar tu presencia sutil y vaporosa,
y sobre todo, de querer olvidarte
de olvidarte, porque me sigues teniendo loco,
y cada idea loca, es una tragedia griega
y el olor de tus cabellos,
es una mezcla de azahar y sal,
y el sabor de tus labios,
es sufrimiento y porque los siento igual de vivos,
es sangre fresca derramada sobre la arena de aquella playa,
y al mismo tiempo
sé que es una mentira, un plagio,
o es un beso a la nada
y ni siquiera el aire que me rodea, me comprende,
pues sé que sigo viviendo dentro de mi burbuja sin aire
y la verdad
¿es que no sé cuanto aguantaré en esas condiciones?.

TE INFORMO

Te informo:
mis labios están sellados,
mis dedos son de frío y duro acero,
mi alma está deforme
por tantas hostias que ha llevado
pero aún así, mi cuerpo te reclama.
Son días otoñales,
son días de hechos inciertos
y de pensamientos incipientes,
son recuerdos bajo las sábanas,
son noches de sudores, de temblores,
de manos húmedas y suaves,
y son besos que solo se dan en la madrugada.

"Cacahuetes o alpiste". JUAN JOSÉ MILLÁS


Llamaron a la puerta. Abrí, era el vecino. Hola, le dije. Hola, me contestó. ¿Tienes un cigarrillo?, dijo él. Espera un momento, dije yo. Fui adentro a por un paquete de Camel, volví y fumamos juntos, en silencio, yo con las dos manos ocupadas, pues sostenía el cenicero con la derecha.
-¿No quieres pasar? –le dije.
-No, que atufamos la casa.
Quería pedirme algo, pero para mi gusto se retrasaba demasiado. Cuando los cigarrillos estaban a punto de agotarse, se lanzó:
-Verás, mañana me voy a Chile, pero no me puedo llevar al pájaro, no de momento, ni a los peces. ¿Te importará pasar de vez en cuando a darles de comer y a asearles el hábitat?
Me hizo gracia la expresión "asearles el hábitat". Sonaba más técnico que limpiar la jaula y cambiar el agua. Le pregunté por cuánto tiempo e hizo un gesto indefinido.
-Se lo podría pedir a mi madre –dijo-, pero vive lejos y se ha roto no hace mucho la cadera.
Accedí, más por debilidad de carácter que por otra cosa y desde hace un mes cuido el mini-zoológico de al lado, además de dar de comer a mi propio gato, que tampoco es mío exactamente, pues entró en casa sin mi consentimiento. Este trato incesante con animales encerrados me ha llevado a pensar en mi propia cautividad. A los seres humanos no se nos cae de la boca la palabra libertad, pero somos los menos libres de la naturaleza, aunque podamos irnos a Chile, como mi vecino. Tienen más capacidad de decisión los peces en su acuario o el pájaro en su jaula que yo mismo en mi casa. Si me comparo con el gato, el agravio adquiere dimensiones monstruosas, pues se pasa las tardes recorriendo los tejados de todo el barrio, donde caza gorriones que me deja en la puerta a modo de presente.
Últimamente, el gato y yo pasamos más tiempo en el piso del vecino que en el mío. Hemos cambiado de jaula, como si dijéramos, y nos encontramos más a gusto que en la nuestra. Solo echamos de menos que los domingos vengan visitantes y que nos echen cacahuetes o alpiste.

ANTES Y AHORA


 Cada día que pasa

siento bajas nuevas

bajas entre ese millón de hormigas y átomos que conforman

 mi viejo cuerpo,

no me despierto ahora igual que antes,

tengo ligeras pérdidas auditivas a primera hora

por mí seguiría durmiendo y hasta que el cuerpo se rebelase

ante tanta desidia

por el camino van cayendo pequeñas ideas y sentimientos

que antes estaban conmigo y a buen recaudo.

No soy el que era y porque mucho que quiera

ahora tengo más miedo que antes

mis movimientos son más inseguros,

más lentos, más predecibles,

más fáciles de suponer hacia donde van

y por tanto

tengo que recurrir mucho más a mi pasado

del como lo hacía antes

del como lo evitaba o de como lo enfrentaba

y de si merecía o no la pena

de si tengo cuerpo y mente para afrontar las consecuencias

de si tengo las mismas ganas que antes tenía

de si ahora lo único que quiero

es dormir, comer y escribir

y lo demás, lo considero secundario

y es de suponer que llegará un punto

en que lo único que voy a querer

será simplemente, seguir viviendo.

Miyó Vestrini. "Blog Glup 2.0". Yo, la amada.

Ayer llamé a mis amigos para celebrar lo que yo creía era un festejo de nunca acabar. Había de golpe recordado todo: los años de la cervecer...