Es otoño en el Retiro, pero aún no lo parece. Estamos todavía en esas semanas que se llenan de veranillos de santos.
Mi hermano y yo vamos con rebecas de punto y camisetas de marinero napolitano. Llevamos en las piernas unos calcetines de lana muy estirados hacia arriba. A veces miro con envidia a los mayores y sus pantalones largos.
Es domingo y estamos esperando a mis abuelos. Nos hemos sentado en las escaleras del estanque. Mi padre está haciendo fotos.
Abajo, junto a la barandilla, hay un señor mayor con un espejo de mano pintándose la cara de blanco, una sonrisa color carmín y la nariz roja. En el ojo derecho se ha dibujado una estrella negra.
Lleva unos pantalones y unos zapatos enormes. De un carro de la compra, como los que llevan las señoras al mercado, saca un sombrero de copa muy viejo. Hay un cartel que dice: "Diógenes, el mago payaso". Me ve y me hace una reverencia. Cuando termina de prepararse, sube las escaleras tirando del carro como puede. Le veo marcharse. Camina pesadamente, venciéndose a un lado y a otro.
Por fin llegan mis abuelos y damos el paseo de siempre. Vemos al señor de antes haciendo un número cómico con magia. Pequeños y grandes miran y se ríen. Nosotros no nos detenemos. Mi padre y mi abuelo van por delante hablando mientras dejan una fumarola de humo blanco por encima de sus cabezas. Yo voy de la mano de mi madre y camino retorciendo el cuello hacia el mago payaso.
Finalmente, salimos del Retiro y vamos a comer a Méndez, un restaurante que está en la calle de mis abuelos y que tiene a un camarero idéntico a Bing Crosby.
Las comidas en restaurantes siempre se me hacen largas. Hemos terminado el postre y los mayores siguen hablando, así que pongo los brazos en la mesa y apoyo la cabeza.
- Ponte recto - me dice cualquier mayor. Todos dicen las mismas cosas.
Los camareros llevan chaquetillas blancas abotonadas hasta el cuello y se mueven muy deprisa. Pero el señor que trae la cuenta lleva una americana negra con camisa blanca y corbata. Tiene un bigotito recto y poco pelo.
Mi padre intenta pagar, pero mi abuelo coge el platillo con la nota y lo levanta por encima de la cabeza mientras se saca del bolsillo de atrás del pantalón una cartera atada con una goma.
Siempre se pelean por la cuenta. Es muy gracioso. Cada vez gana uno la pelea. Mientras tanto, el señor de la chaqueta negra asiste con una media sonrisa a este frecuente juego de sus clientes.
Salimos a la calle. La tarde va cayendo y hace frío. Lo noto sobre todo en las rodillas. Los mayores hablan de tomar un café en algún sitio, pero la abuela dice que está cansada.
Entonces miro a la derecha y veo a un hombre que camina empujando un carro. Aunque se ha limpiado la cara y se ha quitado el disfraz, le reconozco. Se vence a derecha e izquierda. Aún le quedan debajo de los ojos restos de pintura blanca.
- Ustedes disculpen, señores - dice mientras pasa por donde estamos ocupando la acera.
Cuando me ve, se para y acerca su mano hasta mi oreja. Entonces, aparece una peseta entre sus dedos y me la da.
Miro la moneda impresionado y me toco la oreja. No me sale decir nada.
El hombre cruza hacia el bulevar.
- ¡Gracias, Diógenes! - le grito de repente.
Se da la vuelta. Abre el carro, saca el sombrero de copa y me hace otra reverencia. Sin sonrisa de carmín ni cara blanca.
Feliz fin de semana
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