Ayer
llamé a mis amigos para celebrar
lo que yo creía era un festejo de nunca acabar.
Había
de golpe
recordado todo:
los años de la cervecería Boyacá
el deambular por las calles del centro
yo
la amada
la única
la que los amigos estrechan en sus brazos
olores dulces de ajenjo y frutas.
Compré el hielo
y pulí los muebles
llené la mesa de flores panes pastas y ajíes.
Los amigos habían muerto
en el primer frío de la madrugada*.
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