Manuel Vicent, "Comer y beber a mi manera".


 “Un día, a través de este valle, llegué a Corleone y en la primera calle del pueblo, famoso por ser asiento de la Mafia había un anuncio rudimentario sobre un cartón que decía: SE VENDE ACEITE VIRGEN DE OLIVA. Seguí la dirección de la flecha y me encontré con un depósito de aceite a granel donde me llenaron una garrafa desde un gran bidón.

–¿Es de confianza? –pregunté
–En este pueblo somos muy serios y no nos andamos con bromas, La confianza es la base de todo. Provenzano tomaba este mismo aceite. A Lucky Luciano y a Capone se lo mandaban directamente a Chicago desde aquí –dijo el hombre.
–No hay más que hablar. Póngame veinte litros –contesté mientras el hilo dorado llenaba el recipiente de plástico.
Otras veces también usaba para la ensalada aceite de la Provenza e imaginaba que procedía de los olivos de Arles que había pintado Van Gogh, con las ramas torturadas por la furia del viento que atravesaba su mente. Un óleo de olivos de Van Gogh se cotiza en una subasta en millones de dólares, pero una botella de aceite de esos olivos para mí no tenía precio. Los olivos de Orvieto, en la Umbría italiana, crecen sobre tumbas etruscas, y los de la Toscana sirvieron de fondo a las tablas florentinas de Leonardo da Vinci y de Piero della Francesca”.

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