"¿Quién no estuvo en Amsterdam alguna vez en medio de aquella fiesta? Llegaban de todas partes. Sucesivas oleadas de jóvenes vistiendo harapos magnéticos habían elegido la pequeña explanada del Dam como punto de cita antes de levantar el último vuelo hacia las faldas del Himalaya. En un lugar de California alguien había abierto la jaula y la fuga acababa de convertirse en una estética. Durante esos años de jubileo, las aves migratorias venían huidas de Nueva York, bajaban de Estocolmo, subían desde París, llevaban una flauta de indio en el pico, y el macuto radiactivo, que albergaba el Evangelio según Kerouac, les servía de cabezal en los verdes sueños de Vondelpark. Entonces comenzaba a reinar la marihuana y las risas de la adolescencia aún eran candorosas en el viejo caserón de Paradiso, una iglesia neoclásica habilitada por el Ayuntamiento para que ellos jugaran. En el coro ejecutaban actos de amor sobre petates de paja, allí se intercambiaban deseos, itinerarios y ladillas, hacían sonar instrumentos musicales de diversa índole hasta transformar aquel recinto sacro en un gran establo lleno de baladas y relinchos.
Primero fueron los beatniks, nueva orden de mendicantes que hizo filosofía del camino. Aquellos muchachos estaban poseídos por el rigor de las modernas visiones, iniciaron el viaje interior a bordo del ácido luminoso y externamente nunca cesaron de andar. En sus botas putrefactas germinaron los hippies, cuya investigación era más superficial, sin duda más dulce; pero todos cantaban, bailaban, flotaban en Amsterdam y por aquel tiempo una emisora de radio daba diariamente las cotizaciones del mercado de la droga con una inocencia preternatural. Holanda había acogido a los peregrinos sellando una flor en cada pasaporte, la policía no preguntaba el origen de nada, se compartían los equipajes anónimos en la Estación Central, se multiplicaban las comunas y aquello tenía un cariz de puerto franco para extraterrestres".

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