¿En qué momento dejamos de ser humanos?
¿EN QUÉ MOMENTO NOS HEMOS CONVERTIDO EN ESTO?
De verdad que hoy no encuentro palabras.
Bueno… sí las encuentro.
RABIA. IMPOTENCIA. ASCO. TRISTEZA.
Y una pregunta que no deja de darme vueltas en la cabeza:
¿EN QUÉ MOMENTO NOS QUEDAMOS SIN CORAZÓN?
Una mujer de 87 años.
OCHENTA Y SIETE.
Más de 60 años viviendo en su casa. Toda una vida. Su barrio. Sus vecinos. Sus recuerdos. Su historia. Su pequeño mundo.
Una mujer que ha pagado religiosamente.
Y ahora resulta que un fondo buitre decide que su casa puede dar más dinero.
Y quieren echarla.
Así de sencillo.
Así de frío.
Así de cruel.
¿Pero qué estamos haciendo?
¿En qué clase de sociedad hemos convertido nuestras vidas cuando una mujer de 87 años, en silla de ruedas, puede acabar en la calle porque alguien ha decidido que ganar más dinero vale más que su vida?
Porque no estamos hablando de un piso vacío.
No estamos hablando de cuatro paredes.
Estamos hablando de SU CASA.
De la casa donde ha vivido más de 6 decadas
Donde lloró, rió, celebró, sufrió, envejeció.
Donde están sus recuerdos.
Donde conoce cada esquina.
Y ahora le dicen, de alguna manera, que todo eso ya no importa.
Que hay alguien que puede ganar más dinero con esas cuatro paredes.
Y punto.
¿Y ella?
¿Ella qué?
¿Que se vaya?
¿A dónde?
¿Con quién?
¿A su edad?
¿En silla de ruedas?
¿Con qué fuerzas?
¿Con qué tranquilidad?
¿Con qué futuro?
Porque, según lo que se está conociendo, ni siquiera tiene todavía una alternativa habitacional asegurada.
Y mientras tanto, nosotros mirando.
Viendo cómo le rompen la vida a una mujer de 87 años y siguiendo con nuestro día como si nada.
Como si no fuera con nosotros.
Como si mañana no pudiera tocarnos a cualquiera.
Y ESO ES LO QUE MÁS MIEDO ME DA.
Que nos estemos acostumbrando.
Que cada injusticia nos escandalice cinco minutos y después pasemos a la siguiente noticia.
Que una persona pierda su casa y nosotros pasemos de largo.
Que una persona mayor tenga miedo y nosotros miremos hacia otro lado.
Que la dignidad se haya convertido en algo que solo algunos pueden permitirse.
Y mientras tanto, Mari Carmen está en el Hospital Gregorio Marañón, esperando saber qué va a ser de su vida.
¿DE VERDAD?
¿Eso es lo que le queda después de 87 años?
¿Después de toda una vida trabajando, pagando y tirando hacia delante?
¿Que a estas alturas tenga que preguntarse dónde va a dormir, dónde va a vivir y qué va a ser de ella?
Me niego.
Me niego a aceptar que esto sea normal.
Me niego a pensar que esto sea el precio inevitable de una sociedad donde todo tiene un valor económico.
Porque hay cosas que NO deberían tener precio.
La tranquilidad de una persona mayor.
Su hogar.
Su dignidad.
Su último refugio.
Su derecho a envejecer en paz.
Y sí, también me acuerdo de todos esos trabajadores y trabajadoras que se han dejado las manos durante toda una vida para llegar a mayores y tener, al menos, un pequeño rincón donde sentirse seguros.
¿Para qué?
¿Para qué tanto esfuerzo si al final pueden venir otros y decirte que tu vida vale menos que sus beneficios?
Y no me vengan con que esto es simplemente “el mercado”.
No.
Detrás de cada número hay una persona.
Detrás de cada vivienda hay una historia.
Detrás de cada desahucio hay miedo.
Y detrás de cada anciano al que le arrancan su casa hay una vida entera.
Mientras algunos tienen puertas que se abren una y otra vez, oportunidades, privilegios y sueldos que muchos jamás veremos…
Otros llegan al final de su vida contando cada euro y agarrándose a lo único que tienen:
SU CASA.
Y hasta eso se lo quieren quitar.
Qué sociedad tan fría estamos construyendo.
Qué futuro estamos dejando.
Porque hoy es Mari Carmen.
Mañana puede ser un matrimonio mayor.
Pasado mañana puede ser otra familia.
Y algún día puede ser alguien que conocemos.
O incluso nosotros.
Y entonces quizá entendamos demasiado tarde lo que significa mirar hacia otro lado.
Hoy estoy cabreadísima.
Pero sobre todo estoy rota por dentro.
Porque si somos capaces de ver a una mujer de 87 años, en silla de ruedas, con su vida entera metida en una casa, y pensar que lo importante es cuánto más se puede sacar por ella…
Entonces sí.
Tenemos un problema.
Un problema enorme.
Porque quizá no estamos perdiendo solamente viviendas.
Estamos perdiendo humanidad.
Y eso sí que me da miedo.
Muchísimo miedo.
¿EN QUÉ MOMENTO DEJAMOS DE SER HUMANOS?
¿Y QUÉ NOS QUEDA POR VER PARA DARNOS CUENTA?

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