Fernando Portolés Reboul

Es septiembre de 1976. Tengo nueve años. El cielo de Madrid se ha vuelto del color de una peseta desgastada. La ciudad se envuelve en una manta de tonos dorados y ocres. Los castaños del Retiro pronto quedarán limpios. Voy jugando por fuera del parque, pegado a la verja. Empieza el otoño.
Ahora es septiembre de 1921. Josefina también tiene nueve años. El sol disipa las últimas neblinas sobre Santiago de Chile. El aire andino ya no corta la piel, sino que sopla cargado con el perfume dulzón de los ciruelos en flor. La niña corre por los jardines del Parque Cousiño, sintiendo la tierra cada vez más tibia bajo sus zapatos. Empieza la primavera.
En mi barrio ya se han cerrado las ventanas y las vidas vuelven a ser de cada casa. Mi madre me llama para merendar. Pan con mantequilla y chocolate, lo que más me gusta. Me lo llevo al salón. Me tumbo en el suelo, a un lado del sofá. Empieza en la tele un programa de un monstruito que habla al revés y pide "merengues nata con".
Josefina ve cómo una pareja de picaflores revolotean con nerviosismo alrededor de las enredaderas de la terraza. Su madre también le llama para merendar. Le deja en la cocina una taza de leche y un trozo de queque casero. Josefina se lo lleva a la galería y se lo toma sentada en el banco de mimbre, mientras abre el último número de "El Penecas", la revista que su padre le trae todos los sábados
Hace una semana que empezó el colegio. Volví a encontrarme con Conchita y Mari Carmen, las mismas señoritas del año pasado. Me cuesta acostumbrarme al uniforme después del verano.
Josefina afronta el último trimestre del curso con las Monjas Francesas de Providencia. Le va bien, es buena estudiante y las hermanas del colegio están muy contentas con ella.
Acabo de merendar y llevo el plato a la cocina. Unos goterones gordos de lluvia afinan su música al chocar con el alambre de los tendederos en el patio de luces. Abro una rendija en la ventana y miro hacia arriba. El cielo se algodona de grises y negros.
Josefina deja el plato vacío en una mesita auxiliar y sigue leyendo la revista. Escucha las risas de los hijos de los vecinos que salen a jugar a la pelota. Aunque la calle está empedrada y da unos botes extraños. Deja de leer y mira a través de la galería. Ya llegan las tardes luminosas, ideales para andar en bicicleta.
Una vez más, la Tierra realiza su eterna danza: mientras yo me preparo a recibir los días de frío en el norte, el sur de mi abuela Josefina despierta con fuerza para acoger la luz de los meses cálidos. Todo se conecta en el tiempo. El ciclo infinito de la vida vuelve a florecer.
Feliz otoño. Feliz primavera.

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Pedro López Lara